El arte de sobrevivir
El arte de sobrevivir La opinión común, sobre todo protestante, según la cual el objetivo de la vida se encontraría sola y únicamente en las virtudes morales, es decir, en la práctica de la justicia y el amor al prójimo, trasluce su insuficiencia ya por el hecho de que entre los hombres haya tan lamentablemente poca moralidad pura y real. No pretendo hablar ahora de las grandes virtudes, magnanimidad, generosidad y capacidad de sacrificio, cosas que difícilmente se hallarán fuera de los escenarios o la novela, sino solo de aquellas virtudes que todos deberían tener por obligación. Quien sea viejo que se acuerde de aquellos con los que ha tratado en la vida: ¿cuántas personas real y efectivamente honorables habrá habido entre ellos? ¿No eran con creces la mayoría —pese a su desvergonzado disgusto ante la sospecha más ligera de un engaño o una mentira— todo lo contrario? ¿No eran un abyecto interés propio, una ilimitada ansia de dinero, una bien escondida pillería y, además, una venenosa envidia y un maligno goce por la desgracia ajena tan generalmente dominantes que la más diminuta excepción a todo ello se recibió con admiración? Y el amor al prójimo, ¿cuán poco frecuente se eleva a más que a la donación de algo tan prescindible que nunca se echaría de menos? ¿Y entre tan escasas y raquíticas muestras de moralidad se situaría la meta definitiva de la vida?[109]
