El arte de sobrevivir

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Una vez que, mediante las consideraciones más generales y la investigación de los primeros rasgos elementales de la vida humana, nos hemos convencido a priori [a partir de la razón, a través de conclusiones lógicas] de que la vida, ya sea según su entera constitución, no es capaz de ninguna verdadera felicidad, sino que consiste sustancialmente en un variado sufrimiento y un estado por completo de desdicha, podríamos suscitar ahora esa convicción de manera todavía más viva, si ahora, procediendo más bien a posteriori [por la experiencia], nos ocupáramos de los casos más concretos, trajéramos imágenes a la fantasía y nos dispusiéramos a ilustrar con ejemplos la miseria sin nombre, miseria que la experiencia y la historia presentan por donde se mire y según los parámetros que se investiguen. Solo que el capítulo sería inabarcable y nos alejaría del punto de vista general que es propio de la filosofía. Además, fácilmente podría tomarse tal descripción por una mera lamentación sobre la miseria humana, como se ha hecho a menudo, y acusarla de unilateralidad, puesto que parte de hechos particulares. De tal reproche y sospecha está libre nuestra comprobación de la inevitabilidad del sufrimiento arraigado en la esencia misma de la vida, comprobación llevada a cabo fría y filosóficamente a priori partiendo de lo general. La confirmación a posteriori es, no obstante, fácil de obtener. Cualquiera que se haya despertado de los primeros sueños juveniles, que haya contemplado su propia experiencia o la ajena, que haya examinado su vida, la historia del pasado y de su propio tiempo y, por último, las obras de los grandes poetas, a no ser que un prejuicio innato e inextinguible paralice su raciocinio, reconocerá el resultado de que este mundo de los hombres es el reino del azar y del error, los cuales lo dominan sin piedad, tanto en lo grande como en lo pequeño, y junto a los cuales, además, la estupidez y la maldad agitan el látigo; de ahí que cualquier cosa mejor se abra paso solo con esfuerzo, que lo noble y lo sabio comparezcan muy raramente o apenas encuentren eco y repercusión, mientras que lo absurdo y erróneo en el terreno del pensamiento, lo vulgar y carente de gusto en el reino del arte, lo malvado y tramposo en el de los actos, alterados solo por breves interrumpciones, estén propiamente en el poder, mientras que lo excelente de cualquier índole represente siempre una excepción, un caso entre millones; de ahí que, cuando se ha manifestado en una obra duradera y que haya sobrevivido al rencor de sus contemporáneos, esta se halle aislada y sea conservada como si fuera un meteorito caído, procedente de otro orden de cosas diferente del que aquí impera. Pero en lo que concierne a la vida del individuo, cada historia de una vida es siempre trágica: pues, por norma general, todo curso vital constituye la sucesión de una serie de accidentes mayores o menores, que cada cual tiende a ocultar en la medida de lo posible, pues sabe bien que ante ellos los demás raras veces experimentan empatía o compasión, sino casi siempre satisfacción, al imaginarse las penalidades de las que en ese momento ellos se encuentran libres; quizá ningún hombre, al final de su vida (cuando es sensato y a la vez honesto) deseará volver a empezar, antes bien preferirá elegir la inexistencia total.[193]


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