El mundo como voluntad y representacion I
El mundo como voluntad y representacion I Si toda acción de mi cuerpo es fenómeno de un acto de voluntad en el que bajo motivos dados se expresa a su vez mi voluntad en general y en conjunto, o sea, mi carácter, también la condición imprescindible y el supuesto de aquella acción ha de ser fenómeno de la voluntad: pues su manifestarse no puede depender de algo que no exista inmediata y exclusivamente por ella, que sea meramente casual para ella, en cuyo caso su mismo manifestarse sería meramente casual: mas aquella condición es el cuerpo mismo. Así pues, este tiene que ser ya fenómeno de la voluntad, y ha de ser a mi voluntad en su conjunto, es decir, a mi carácter inteligible cuyo fenómeno en el tiempo es mi carácter empírico, lo que la acción individual del cuerpo al acto individual de la voluntad. Así que todo el cuerpo no puede ser más que mi voluntad hecha visible, ha de ser mi voluntad misma en cuanto esta constituye un objeto intuitivo, una representación de la primera clase. — Como confirmación de esto se ha alegado ya que toda acción sobre mi cuerpo afecta enseguida e inmediatamente también a mi voluntad y en ese sentido se llama dolor o placer, en los grados inferiores sensación agradable o desagradable; y también que, a la inversa, todo movimiento violento de la voluntad, o sea, todo afecto y pasión, sacude el cuerpo y perturba el curso de sus funciones. — Ciertamente, es posible, aunque de forma muy imperfecta, dar una explicación etiológica del surgimiento de mi cuerpo, y algo mejor de su desarrollo y conservación: eso es precisamente la fisiología; pero esta explica su tema exactamente igual como los motivos explican la acción. Por eso, así como la fundamentación de la acción individual por el motivo y su ocurrencia necesaria a partir de él no está reñida con el hecho de que la acción en general y en su esencia sea un simple fenómeno de una voluntad en sí carente de razón, tampoco la explicación fisiológica de las acciones corporales perjudica la verdad filosófica de que toda la existencia de ese cuerpo y toda la serie de sus funciones es solo la objetivación de aquella voluntad que se manifiesta en las acciones exteriores del mismo cuerpo conforme a motivos. Pero la fisiología intenta reducir a causas orgánicas incluso esas acciones exteriores, los movimientos voluntarios inmediatos; por ejemplo, pretende explicar el movimiento del músculo por una afluencia de jugos («como la contracción de una cuerda que se moja», dice Reil en su Archivo de fisiología, vol. 6, p. 153): pero suponiendo que se llegara realmente a una explicación profunda de esa clase, ello no aboliría nunca la verdad inmediatamente cierta de que todo movimiento voluntario (functiones animales) es fenómeno de un acto de voluntad. Tampoco la explicación fisiológica de la vida vegetativa (functiones naturales, vitales), por mucho que progrese, puede suprimir la verdad de que toda esa vida animal que así evoluciona es ella misma un fenómeno de la voluntad. En general, como antes se expuso, ninguna explicación etiológica puede indicar más que la posición necesariamente determinada en el tiempo y el espacio de un fenómeno individual, su irrupción necesaria en ellos conforme a una regla fija: en cambio, la esencia interna de cada fenómeno permanece siempre insondable por esa vía, y toda explicación etiológica la supone y se limita a designarla con el nombre de fuerza o ley natural, o bien, cuando se trata de acciones, con el de carácter o voluntad. Así pues, si bien cada acción individual se sigue necesariamente del motivo que se presenta bajo el supuesto del carácter determinado, y aun cuando el crecimiento, el proceso de nutrición y la totalidad de los cambios del cuerpo animal se producen por causas que actúan necesariamente (estímulos), sin embargo toda la serie de las acciones, por lo tanto también cada una en particular, así como su condición, el cuerpo mismo que las ejecuta, y por consiguiente también el proceso por el que este existe y en el que consiste, no son nada más que el fenómeno de la voluntad, el hacerse visible, la objetividad de la voluntad. En esto se basa la perfecta adecuación del cuerpo humano y animal a la voluntad humana y animal en general, adecuación semejante pero muy superior a la que posee una herramienta fabricada intencionadamente con la voluntad del que la fabrica, y manifiestada así como finalidad, es decir, como posibilidad de explicar teleológicamente el cuerpo. Por eso las partes del cuerpo han de corresponder plenamente a los deseos fundamentales por los que se manifiesta la voluntad, han de ser la expresión visible de la misma: los dientes, la garganta y el conducto intestinal son el hambre objetivada; los genitales, el instinto sexual objetivado; las manos que asen, los pies veloces, corresponden al afán ya más mediato de la voluntad que representan. Así como la forma humana general corresponde a la voluntad humana general, también a la voluntad modificada individualmente, al carácter del individuo, le corresponde la corporización individual, que es característica y expresiva por completo y en todas sus partes. Es sumamente notable que ya Parménides lo haya expresado en los siguientes versos citados por Aristóteles (Metaph. III, 5):