El mundo como voluntad y representacion I

El mundo como voluntad y representacion I

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Nos queda aún por dar el último paso: extender nuestra forma de consideración a todas aquellas fuerzas que actúan en la naturaleza según leyes generales e inmutables, conforme a las cuales se producen los movimientos de todos los cuerpos que, carentes de órganos, no poseen receptividad a los estímulos ni conocimiento de los motivos. Así pues, la clave para la comprensión del ser en sí de las cosas que solo el conocimiento inmediato de nuestra propia esencia nos podía ofrecer, hemos de aplicarla también a esos fenómenos del mundo inorgánico que se hallan más distantes de nosotros. — Cuando los examinamos con mirada inquisitiva, cuando contemplamos el poderoso e incontenible afán con el que las aguas se precipitan a las profundidades y el magneto se vuelve una y otra vez hacia el Polo Norte, el ansia con que el hierro corre hacia aquel, la violencia con que los polos eléctricos aspiran a reunirse y que, exactamente igual que los deseos humanos, se acrecienta con los obstáculos; cuando vemos formarse el cristal rápida y repentinamente, con una regularidad de formas tal que claramente se trata de un esfuerzo en diferentes direcciones plenamente decidido, exactamente determinado y que queda dominado y retenido por la solidificación; cuando observamos la selección con que los cuerpos puestos en libertad por el estado de fluidez y liberados de los lazos de la solidez se buscan y se rehúyen, se unen y se separan; cuando, por último, sentimos de forma totalmente inmediata cómo una carga cuyo afán en dirección a la masa terrestre paraliza nuestro cuerpo, ejerce una incesante presión sobre él y lo empuja persiguiendo su única aspiración: entonces no nos costará ningún esfuerzo de imaginación reconocer incluso a tan gran distancia nuestra propia esencia, aquel mismo ser que en nosotros persigue sus fines a la luz del conocimiento pero aquí, en el más débil de sus fenómenos, solamente se agita de forma ciega, sorda, unilateral e inmutable; pero, porque en todos los casos es una y la misma cosa —igual que el primer crepúsculo del amanecer comparte con los rayos del mediodía el nombre de luz solar—, también aquí como allá ha de llevar el nombre voluntad, que designa aquello que constituye el ser en sí de todas las cosas del mundo y el núcleo único de todos los fenómenos.


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