El mundo como voluntad y representacion I
El mundo como voluntad y representacion I Sea lo que sea la cosa en sí, Kant concluyó acertadamente que tiempo, espacio y causalidad (que después nosotros hemos conocido como formas del principio de razón y este como expresión general de las formas del fenómeno) no podían ser determinaciones de aquella sino que solo le podían convenir después y en la medida en que se hubiera convertido en representación, es decir, que solo pertenecían a su fenómeno y no a ella misma. Pues, dado que el sujeto las conoce y construye en su totalidad por sí mismo y con independencia de cualquier objeto, han de depender del ser representación en cuanto tal y no de aquello que se convierte en representación. Han de ser la forma de la representación como tal, pero no propiedades de lo que ha asumido esa forma. Han de estar dadas ya con la simple oposición de sujeto y objeto (no en el concepto, sino de hecho), por consiguiente, no han de ser más que la determinación próxima de la forma del conocimiento en general, cuya determinación más universal es aquella oposición misma. Lo que en el fenómeno, en el objeto, está a su vez condicionado por el tiempo, el espacio y la causalidad al no poder ser representado más que por medio de ellos —la pluralidad por medio de la yuxtaposición y la sucesión, el cambio y la duración a través de la ley de la causalidad, la materia, que solo se puede representar bajo el supuesto de la causalidad, y, finalmente, todo lo que es representable a su vez mediante ella—, todo eso en su conjunto no pertenece esencialmente a lo que ahí se manifiesta, a lo que se ha introducido en la forma de la representación, sino que depende solamente de esa forma. A la inversa, lo que en el fenómeno no está condicionado por el tiempo, el espacio y la causalidad, ni puede reducirse a ellos o explicarse por ellos, será precisamente aquello en lo que se revela inmediatamente lo que se manifiesta, la cosa en sí. Conforme a ello, la cognoscibilidad más perfecta, es decir, la máxima claridad y distinción así como la posibilidad de indagación más exhaustiva han de corresponder necesariamente a lo que es propio del conocimiento en cuanto tal, es decir, a la forma del conocimiento, mas no a lo que, no siendo en sí mismo representación, no siendo objeto, solo mediante el ingreso en esas formas se ha vuelto cognoscible, esto es, representación u objeto. Así pues, lo que depende únicamente del ser conocido, del ser representado en general y en cuanto tal (no de aquello que es conocido y simplemente se ha convertido en representación), lo que por tanto conviene a todo lo que es conocido sin distinción y que por eso mismo puede descubrirse tanto partiendo del sujeto como del objeto, solo eso permitirá sin reservas un conocimiento suficiente, plenamente exhaustivo y claro hasta el fondo. Pero ese conocimiento no consiste más que en las formas de todo fenómeno de las que somos conscientes a priori y que en conjunto se pueden expresar como el principio de razón, del que tiempo, espacio y causalidad son formas referentes al conocimiento intuitivo (con el que nos las vemos exclusivamente aquí). Únicamente en ellas se basa toda la matemática pura y la ciencia natural pura a priori. De ahí que esas ciencias sean las únicas en las que el conocimiento no encuentra oscuridad, no se topa con lo insondable (lo carente de razón, esto es, la voluntad) ni con lo que no es ulteriormente deducible; en este respecto, también Kant, como se dijo, quiso llamar ciencia preferente o incluso exclusivamente a aquellos conocimientos junto con la lógica. Pero, por otra parte, esos conocimientos no nos muestran más que meras proporciones, relaciones de una representación con otra, forma sin contenido alguno. Cualquier contenido que reciban, cualquier fenómeno que llene esas formas, incluye ya algo que no es en su esencia plenamente cognoscible, que no es totalmente explicable mediante otra cosa, es decir, algo carente de razón; con lo que enseguida el conocimiento pierde en evidencia y en completa transparencia. Eso que se sustrae a la indagación es precisamente la cosa en sí, aquello que en esencia no es representación ni objeto del conocimiento sino que únicamente se hace cognoscible cuando ingresa en aquellas formas. La forma le es originariamente ajena y nunca puede hacerse uno con ella, nunca puede reducirse a la mera forma y, dado que esta es el principio de razón, nunca se puede del todo dar razón de ello. Por eso, aun cuando toda la matemática nos da un conocimiento exhaustivo de lo que en los fenómenos hay de tamaño, posición y número, en suma, de relaciones espaciales y temporales; y aun cuando toda la etiología nos ofrece las condiciones regulares bajo las que aparecen en el tiempo y el espacio los fenómenos con todas sus determinaciones, si bien con todo eso no enseña más que por qué en cada caso, cada fenómeno determinado se ha de manifestar precisamente ahora y precisamente aquí; pese a ello, con su ayuda no penetramos en la esencia interior de las cosas y queda siempre algo que no se atreve a explicar sino que supone: las fuerzas de la naturaleza, la determinada forma de acción de las cosas, la cualidad, el carácter de cada fenómeno, lo carente de razón, lo que no depende de la forma del fenómeno —el principio de razón—, aquello a lo que esa forma es en sí ajena pero se ha introducido en ella y ahora se manifiesta conforme a su ley; si bien esa ley determina solamente el manifestarse y no lo que se manifiesta, solo el cómo, no el qué del fenómeno, solo la forma, no el contenido. — La mecánica, la física y la química enseñan las reglas y leyes conforme a las cuales actúan las fuerzas de la impenetrabilidad, la gravedad, la rigidez, la fluidez, la cohesión, la elasticidad, el calor, la luz, las afinidades electivas, el magnetismo, la electricidad, etc.; es decir, la ley, la regla que observan esas fuerzas en cada una de sus apariciones en el tiempo y el espacio: pero, cualquiera que sea la actitud que tomemos, esas fuerzas mismas quedan como qualitates occultae. Pues la cosa en sí, que al manifestarse presenta aquellos fenómenos, es completamente diferente de ellos y, aunque en su fenómeno está totalmente sometida al principio de razón en cuanto forma de la representación, no se puede nunca reducir a esa forma; de ahí que no se pueda explicarla nunca hasta el final ni profundizar totalmente en ella; es plenamente inteligible en la medida en que ha asumido aquella forma, es decir, en cuanto es fenómeno; pero aquella inteligibilidad no explica nada por lo que respecta a su esencia interna. Por eso, cuanto mayor necesidad lleva consigo un conocimiento, cuanto más hay en él que no se puede pensar ni representar de otro modo —como, por ejemplo, las relaciones espaciales—, cuanto más claro y satisfactorio es, menos contenido puramente objetivo posee o menos realidad verdadera se da en él: y, a la inversa, cuando más se ha de concebir en él como puramente contingente, cuanto más se nos impone como dado de forma meramente empírica, más contenido propiamente objetivo y verdaderamente real hay en tal conocimiento; pero también, al mismo tiempo, más hay de inexplicable, de decir, no ulteriormente deducible de otra cosa.