El mundo como voluntad y representacion I
El mundo como voluntad y representacion I Sin embargo, en todas las épocas una etiologÃa desconocedora de su fin se ha afanado en reducir toda vida orgánica a quimismo o electricidad, a su vez todo quimismo, es decir, cualidad, a mecanismo (acción por la forma de los átomos), y este a su vez en parte al objeto de la foronomÃa —es decir, tiempo y espacio unidos para hacer posible el movimiento— y en parte al de la simple geometrÃa, es decir, la posición en el espacio (más o menos como cuando, con razón, se calcula la disminución de un efecto según el cuadrado de la distancia y se construye la teorÃa de la palanca de forma puramente geométrica): por último, la geometrÃa se puede resolver en aritmética que, debido a la unidad de la dimensión, es la forma del principio de razón más comprensible, más abarcable y que más a fondo se puede investigar. Ejemplos del método señalado aquà en general son: los átomos de Demócrito, el torbellino de Descartes, la fÃsica mecánica de Lesage, que, hacia finales del siglo pasado, intentó explicar mecánicamente, por el choque y la presión, tanto las afinidades quÃmicas como la gravitación, tal y como puede apreciarse con más detalle a partir del Lucrèce Neutonien; también Reil tiende a eso al considerar la forma y la mezcla como causa de la vida animal: plenamente de esta clase es, por último, el grosero materialismo, desenterrado precisamente ahora, en la mitad del siglo XIX, y que por ignorancia se las da de original: bajo la estúpida negación de la fuerza vital, primero explica los fenómenos de la vida a partir de fuerzas fÃsicas y quÃmicas, y a su vez hace surgir estas de la acción mecánica de la materia, de la posición, forma y movimiento de unos átomos imaginarios; y asà pretende reducir todas las fuerzas de la naturaleza a acción y reacción, que son su «cosa en sû. Conforme a ello, incluso la luz es la vibración mecánica o la ondulación de un éter imaginario y postulado para ese fin[109] que al llegar a la retina hace un redoble de tambor en ella donde, por ejemplo, 483 billones de redobles de tambor por segundo dan el rojo, 727 billones el violeta, etc.: los ciegos al color serÃan entonces los que no son capaces de contar los redobles de tambor: ¿no es verdad? Tales teorÃas groseras, mecánicas, democriteas, burdas y verdaderamente prominentes son dignas de la gente que, cincuenta años después de aparecer la teorÃa de los colores de Goethe, todavÃa 147 cree en las luces homogéneas de Newton y no se avergüenza de decirlo. Ya se enterarán de que lo que se perdona al niño (Demócrito) no se le perdonará al hombre. PodrÃan incluso terminar alguna vez por avergonzarse: pero entonces cada uno sale a hurtadillas y hace como si no hubiera estado allÃ. Pronto volveremos a referirnos a esa falsa reducción de las fuerzas naturales originarias unas a otras: de momento es suficiente. Suponiendo que eso fuera posible, todo serÃa explicado e investigado, y hasta reducido a un ejemplo de cálculo que luego serÃa el sancta sanctorum en el templo de la sabidurÃa al que al final habrÃa conducido felizmente el principio de razón. Pero todo el contenido del fenómeno habrÃa desaparecido y quedarÃa la mera forma: aquello que ahà se manifiesta quedarÃa reducido a cómo se manifiesta y ese cómo serÃa lo cognoscible también a priori, luego totalmente dependiente del sujeto, por lo tanto solamente para él, y por consiguiente mero fantasma, representación y forma de la representación en todos los respectos: no se podrÃa preguntar por una cosa en sÃ. — Suponiendo que eso fuera posible, el mundo entero se deducirÃa del sujeto y el resultado serÃa de hecho el que Fichte con sus patrañas pretendió aparentar. — Pero no es posible. De aquella forma se han creado fantasÃas, sofismas y castillos en el aire, pero no ciencia. Se ha conseguido, y en esa medida hubo un verdadero progreso, reducir los muchos y variados fenómenos naturales a una única fuerza originaria: fuerzas y cualidades que al principio se consideraban distintas han sido derivadas unas de otras (por ejemplo, el magnetismo de la electricidad) y asà ha disminuido su número: la etiologÃa logrará su objetivo cuando haya conocido y establecido todas las fuerzas originarias de la naturaleza, y haya fijado sus modos de acción, es decir, la regla según la cual, al hilo de la causalidad, aparecen sus fenómenos en el tiempo y el espacio, y sus posiciones se determinan entre sÃ: pero siempre quedarán fuerzas originarias, siempre permanecerá, como un residuo insoluble, un contenido del fenómeno que no se puede reducir a su forma ni puede asà ser explicado por otra cosa según el principio de razón. — Pues en cada cosa de la naturaleza hay algo de lo que no puede darse razón, de lo que no existe explicación posible ni se puede buscar una causa ulterior: se trata de la forma especÃfica de su acción, es decir, la forma de su existencia, su esencia. Ciertamente, para toda acción individual de la cosa se puede demostrar una causa de la que se infiere que tuviera que actuar precisamente ahora, precisamente aquÃ: pero de que actúe en general y precisamente asÃ, nunca. Si no tiene otras propiedades, si es una mota de polvo solar, aquel «algo» insondable se muestra al menos como gravedad e impenetrabilidad: mas eso, afirmo yo, es a ella lo que al hombre su voluntad y, como esta, en su esencia interna no se halla sujeto a explicación, siendo incluso en sà mismo idéntico a ella. Cierto que para cada manifestación de la voluntad, para cada acto individual de la misma en este momento y en este lugar, se puede demostrar un motivo del que se ha de seguir necesariamente bajo el supuesto del carácter del hombre. Pero que él tenga ese carácter, que quiera en general, que de varios motivos sea precisamente este y ningún otro, o incluso que sea alguno el que mueva su voluntad, de eso no se puede dar razón alguna. Lo que es al hombre su carácter insondable, supuesto en toda explicación de sus hechos por motivos, es a cada cuerpo inorgánico su cualidad esencial, su modo de acción, cuyas manifestaciones se suscitan por el influjo externo aunque ella misma no está determinada por nada exterior, asà que tampoco es explicable por nada: sus fenómenos individuales, solo mediante los cuales se hace visible, están sometidos al principio de razón: pero ella misma no tiene razón alguna. Ya los escolásticos se percataron en lo esencial de eso, designándolo como forma substantialis. (Véase, al respecto, Suárez, Disput. metaph., disp. XV, sect. 1.)