El mundo como voluntad y representacion I
El mundo como voluntad y representacion I Si partimos del conocimiento del individuo en lugar de la idea, el carácter indefectible de las leyes naturales presenta algo de sorprendente y a veces hasta de escalofriante. Podríamos sorprendernos de que la naturaleza no olvide sus leyes ni una sola vez; de que, por ejemplo, cuando es conforme a la ley de la naturaleza que al unirse ciertas sustancias bajo condiciones determinadas tenga lugar una combinación química, una formación de gases o una combustión, o cuando concurren las condiciones, bien por disposición nuestra o por puro azar (en cuyo caso la puntualidad es tanto más sorprendente por inesperada), hoy como hace mil años irrumpa un fenómeno determinado inmediatamente y sin demora. Ese asombro lo experimentamos con la mayor viveza en el caso de fenómenos infrecuentes que solo se producen en circunstancias muy combinadas pero que bajo esas circunstancias nos resultan previsibles; por ejemplo, que cuando ciertos metales se ponen en contacto alternativamente entre sí y con una capa de humedad ácida, al colocar hojas de plata entre las extremidades de esa cadena tienen que ser repentinamente pasto de llamas verdes: o que bajo ciertas condiciones el duro diamante se transforma en ácido carbónico. Es la omnipresencia espiritual de las fuerzas naturaleza lo que entonces nos sorprende; y notamos aquí lo que no se nos ocurre en los fenómenos cotidianos: cómo la conexión entre causa y efecto es tan misteriosa como la que imaginamos entre una fórmula mágica y el espíritu que necesariamente se manifiesta evocado por ella. En cambio, cuando hayamos penetrado en el conocimiento filosófico de que una fuerza natural es un determinado grado de objetivación de la voluntad, es decir, de aquello que también nosotros conocemos como nuestra esencia más íntima; que esa voluntad en sí misma y diferenciada del fenómeno y sus formas se halla fuera del tiempo y el espacio, por lo que la pluralidad condicionada por estos no le conviene a ella ni inmediatamente al grado de su objetivación, es decir, a la idea, sino solo a los fenómenos de esta; que, sin embargo, la ley de la causalidad no tiene significado más que en referencia al tiempo y el espacio, ya que determina el puesto que tienen en ellos los múltiples fenómenos de las diversas ideas en los que se manifiesta la voluntad, regulando el orden en el que han de ocurrir; cuando a nosotros, digo, con ese conocimiento nos haya quedado claro el sentido interno de la gran doctrina kantiana de que espacio, tiempo y causalidad no corresponden a la cosa en sí sino únicamente al fenómeno, son solo formas de nuestro conocimiento y no cualidades de la cosa en sí, entonces comprenderemos que aquel asombro sobre la regularidad y puntualidad de la acción de una fuerza natural, la perfecta igualdad de todos sus millones de fenómenos y la infalibilidad de la aparición de los mismos es de hecho comparable al asombro de un niño o de un salvaje que, examinando por primera vez una flor a través de un cristal de muchas facetas, se asombra de la perfecta igualdad de las innumerables flores que ve y cuenta una por una las hojas de cada una de ellas.