El mundo como voluntad y representacion I

El mundo como voluntad y representacion I

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Del libro anterior hemos de recordar que el conocimiento en general pertenece a la objetivación de la voluntad en sus grados superiores, y la sensibilidad, los nervios y el cerebro, como las demás partes del ser orgánico, son mera expresión de la voluntad en ese grado de su objetividad; de ahí que la representación que nace con ellos esté destinada a su servicio, como un medio (μηχανή) para la consecución de los complicados fines (πολυτελέστερα) que aquí tiene, para la conservación de un ser que posee múltiples necesidades. Así pues, originariamente y en su esencia el conocimiento es totalmente sumiso a la voluntad; y así como el objeto inmediato que se convierte en su punto de partida mediante la aplicación de la ley de causalidad no es más que voluntad objetivada, también todo conocimiento que sigue el principio de razón permanece en una relación más o menos cercana con la voluntad. Pues el individuo encuentra que su cuerpo es un objeto entre objetos, y que aquel tiene con todos estos múltiples conexiones y relaciones según el principio de razón, así que siempre reduce la consideración de los mismos, por un camino más o menos largo, a su cuerpo, es decir, a su voluntad. Dado que es el principio de razón el que pone los objetos en esa relación con el cuerpo y así con la voluntad, el conocimiento al servicio de esta se esforzará exclusivamente por conocer de los objetos precisamente las conexiones establecidas por el principio de razón, así que se ocupará de sus múltiples relaciones en el espacio, el tiempo y la causalidad. Pues solo en virtud de ellas el objeto le resulta al individuo interesante, es decir, tiene una relación con la voluntad. De ahí que el conocimiento al servicio de la voluntad no conozca de los objetos más que sus relaciones y no sepa de ellos más que en la medida en que existen en este momento, en este lugar, en estas circunstancias, por estas causas y con estos efectos; en una palabra, en cuanto cosas individuales: y si se suprimieran todas esas relaciones desaparecerían también los objetos, precisamente porque nada conocía de ellos en otros respectos. — No podemos ocultar que lo que las ciencias estudian en las cosas no es en esencia más que todo aquello: sus relaciones, su situación temporal y espacial, las causas de los cambios naturales, la comparación de las formas, los motivos de los acontecimientos: es decir, puras relaciones. Lo único que las distingue del conocimiento común es su forma: el carácter sistemático, la facilitación del conocimiento mediante el compendio de todo lo individual, a través de la subordinación de los conceptos en lo general, y la compleción que así consigue. Toda relación tiene una existencia meramente relativa: por ejemplo, todo ser en el tiempo es también un no-ser: pues el tiempo es solamente aquello en virtud de lo cual a una misma cosa le pueden convenir determinaciones opuestas: de ahí que todo fenómeno en el tiempo a la vez no sea: pues lo que separa su comienzo de su fin es solamente tiempo, algo esencialmente evanescente, inestable y relativo, denominado aquí duración. Mas el tiempo es la forma más general de todos los objetos del conocimiento al servicio de la voluntad y el prototipo de las restantes formas de este.


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