El mundo como voluntad y representacion I

El mundo como voluntad y representacion I

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

Cuando un sujeto, elevado por la fuerza del espíritu, abandona la forma habitual de considerar las cosas, dejando de ocuparse únicamente de sus relaciones recíprocas —cuyo fin último es siempre la relación con la propia voluntad— guiado por las formas del principio de razón; es decir, cuando no considera ya el dónde, cuándo, porqué y para qué de las cosas sino única y exclusivamente el qué; cuando su conciencia no se interesa tampoco por el pensamiento abstracto, por los conceptos de la razón, sino que, en lugar de todo eso, entrega a la intuición todo el poder de su espíritu, se sumerge totalmente en ella y llena toda su conciencia con la tranquila contemplación del objeto natural que en ese momento se presenta, sea un paisaje, un árbol, una roca, un edificio o cualquier otra cosa; y así, utilizando una expresión muy significativa, se pierde completamente en ese objeto, es decir, olvida su individualidad, su voluntad, y queda únicamente como puro sujeto, como claro espejo del objeto, de modo que es como si solo existiera el objeto sin nadie que lo percibiera y no se puede ya separar al que intuye de la intuición sino que ambos se han hecho una misma cosa, ya que toda la conciencia está totalmente llena y ocupada por una sola imagen intuitiva; cuando de este modo el objeto está separado de toda relación con algo fuera de él, y el sujeto, de toda relación con la voluntad, entonces lo así conocido no es ya la cosa individual en cuanto tal sino la idea, la forma eterna, la objetividad inmediata de la voluntad en ese grado: y precisamente por eso, el que está sumido en esta intuición no es ya un individuo, pues el individuo se ha perdido en ella: es un puro, involuntario, exento de dolor e intemporal sujeto de conocimiento. Esto que por ahora llama tanto la atención (y de lo que bien sé que confirma la sentencia procedente de Thomas Paine, Du sublime au ridicule il n’y a qu’un pas[144]) se irá haciendo cada vez más claro y menos extraño con las explicaciones siguientes. Eso era también lo que Spinoza tenía en mente cuando escribió: mens aeterna est, quatenus res sub aeternitatis specie concipit[145] (Eth. V, pr. 31, esc.)[146]. En tal contemplación la cosa individual se convierte de un golpe en idea de su especie, y el individuo que intuye, en puro sujeto de conocimiento. El individuo como tal conoce solo cosas particulares; el sujeto puro de conocimiento, solamente ideas. Pues el individuo es el sujeto del conocer en su relación con un determinado fenómeno particular de la voluntad, y está a su servicio. Ese fenómeno particular de la voluntad está sometido en cuanto tal al principio de razón en todas sus formas: de ahí que todo conocimiento que se refiera a aquel se rija por el principio de razón, y a efectos de la voluntad no sirva ningún conocimiento más que este, que nunca tiene sino relaciones por objeto. El individuo cognoscente en cuanto tal y la cosa particular por él conocida están siempre en alguna parte, en algún momento, y son miembros de la cadena de causas y efectos. El puro sujeto del conocimiento y su correlato, la idea, han salido de todas aquellas formas del principio de razón: el tiempo, el lugar, el individuo que conoce y el que es conocido, no tienen para ellos significado alguno. Solamente en la medida en que, según se ha descrito, un individuo cognoscente se convierte en sujeto puro del conocer y el objeto considerado se eleva a idea, aparece puro y en su totalidad el mundo como representación y se produce la completa objetivación de la voluntad, ya que solo la idea es su objetividad adecuada. Esta encierra en sí el sujeto y el objeto de igual modo, ya que ellos son su única forma: en ella ambos mantienen el equilibrio: y así como el objeto no es aquí más que la representación del sujeto, también este, al quedar totalmente absorbido por el objeto intuido, se ha convertido en el objeto mismo, ya que la conciencia toda no es sino su más clara imagen. Esta conciencia constituye propiamente todo el mundo como representación, teniendo en cuenta que a través de ella van pasando en serie todas las ideas o grados de objetividad de la voluntad. Las cosas individuales de todas las épocas y lugares no son más que las ideas multiplicadas por el principio de razón (la forma del conocimiento de los individuos en cuantos tales) y, con ello, empañadas en su pura objetividad. Así como al surgir la idea en ella no se pueden ya distinguir el sujeto y el objeto, porque solo en la medida en que ambos se llenan y compenetran mutuamente resurge la idea, la adecuada objetividad de la voluntad, el verdadero mundo como representación, así tampoco se diferencian en cuanto cosa en sí el individuo que aquí conoce y el conocido. Pues, prescindiendo de aquel mundo como representación, no queda nada más que el mundo como voluntad. La voluntad es el en sí de la idea que la objetiva perfectamente; es también el en sí de la cosa individual y del individuo que la conoce, los cuales la objetivan imperfectamente. En cuanto voluntad, fuera de la representación y todas sus formas, es una y la misma en el objeto contemplado y en el individuo que, elevándose en esa contemplación, se hace consciente de sí mismo como sujeto puro. De ahí que ambos no sean diferentes en sí mismos: pues en sí son la voluntad que aquí se conoce a sí misma, y la pluralidad y diversidad solo existen en cuanto modo y manera en que se produce ese conocimiento, es decir, que no existen más que en el fenómeno y en virtud de su forma: el principio de razón. Así como sin el objeto o sin la representación yo no soy sujeto cognoscente sino mera voluntad ciega, sin mí, sin el sujeto del conocer, la cosa conocida no es tampoco objeto sino simple voluntad, afán ciego. En sí misma, es decir, fuera de la representación, esa voluntad es idéntica a la mía: solamente en el mundo como representación, cuya forma es como mínimo la de sujeto y objeto, nos distanciamos como individuo cognoscente y conocido. Tan pronto como se ha suprimido el conocer, el mundo como representación, no queda más que mera voluntad, afán ciego. El hecho de cobrar objetividad y convertirse en representación supone de un golpe el sujeto y el objeto: pero el que esa objetividad sea una pura, perfecta y adecuada objetividad de la voluntad, supone el objeto como idea, libre de las formas del principio de razón, y el sujeto como puro sujeto del conocimiento, libre de la individualidad y la servidumbre de la voluntad.


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker