El mundo como voluntad y representacion I
El mundo como voluntad y representacion I Para comprender en mayor profundidad la esencia del mundo, es requisito indispensable que lleguemos a distinguir la voluntad como cosa en sí de su objetividad adecuada, y luego los diferentes grados de claridad y perfección en los que surge, es decir, las ideas mismas, del mero fenómeno de las ideas en las formas del principio de razón, esa parcial forma de conocimiento de los individuos. Entonces estaremos de acuerdo con Platón cuando solo atribuye verdadero ser a las ideas, mientras que a las cosas en el espacio y el tiempo, ese mundo real para el individuo, no les reconoce más que una existencia aparente y onírica. Entonces entenderemos cómo una y la misma idea se revela en tantos fenómenos y ofrece su esencia a los individuos solo de forma fragmentaria, un aspecto tras otro. Entonces también distinguiremos la idea del modo en que cae su fenómeno bajo la observación del individuo, reconociendo aquella como esencial y este como accidental. Quisiera examinar esto con ejemplos, primero los más simples y luego los de mayor significación. — Cuando se levantan nubes, la figuras que forman no son esenciales a ellas sino indiferentes: pero el hecho de que, al ser vapor elástico, el viento las comprima, las empuje, las ensanche y las desgarre, eso constituye su naturaleza, la esencia de las fuerzas que se objetivan en ellas, la idea: las eventuales figuras existen solo para el observador individual. — Al arroyo que desciende por encima de las piedras, los remolinos, las olas y las formaciones de espuma que deja ver le son indiferentes y accidentales: el que siga la gravedad y se comporte como un líquido no elástico, totalmente móvil, informe y transparente: esa es su esencia, eso es, cuando se lo conoce intuitivamente, la idea: aquellas formaciones solo existen para nosotros en cuanto conocemos como individuos. — El hielo de la ventana se forma según las leyes de la cristalización, las cuales revelan la esencia de la ley natural que aquí surge y representan la idea; pero los árboles y flores que forma son accidentales y solo existen para nosotros. — Lo que en las nubes, el arroyo y el hielo se manifiesta es la más débil resonancia de aquella voluntad, que surge más perfecta en la planta, aún más en el animal y en su mayor perfección en el hombre. Pero solamente lo esencial de todos aquellos grados de objetivación constituye la idea: en cambio, su despliegue, al disgregarse en múltiples y variados fenómenos dentro de las formas del principio de razón, es accidental a la idea, se encuentra únicamente en la forma cognoscitiva del individuo y solo para él tiene realidad. Lo mismo vale necesariamente del despliegue de aquella idea que constituye la más perfecta objetividad de la voluntad: por consiguiente, la historia del género humano, el amontonamiento de los sucesos, el cambio de los tiempos, las variadas formas de vida humana en los distintos países y siglos, todo eso es solamente la forma accidental del fenómeno de la idea, no le pertenece a ella misma, única en la que radica la adecuada objetividad de la voluntad, sino únicamente al fenómeno, que cae dentro del conocimiento del individuo y es tan ajeno, accidental e indiferente a la idea misma como a las nubes las figuras que representan, al arroyo sus remolinos y figuras espumosas, y al hielo sus árboles y flores.