El mundo como voluntad y representacion I

El mundo como voluntad y representacion I

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Puesto que el conocimiento genial o de las ideas es aquel que no sigue el principio de razón, mientras que el que lo sigue proporciona prudencia y racionalidad en la vida dando también lugar a las ciencias, los individuos geniales adolecen de las carencias que lleva consigo el descuido de esta última forma de conocimiento. Sin embargo, aquí hay que observar la siguiente restricción: que lo que voy a alegar a este respecto solo les afecta en la medida y durante el tiempo en que están inmersos en la forma de conocimiento genial, lo cual en modo alguno ocurre a cada instante de su vida; porque el enorme aunque espontáneo esfuerzo que se requiere para una captación de las ideas libre de la voluntad vuelve a relajarse necesariamente y tiene grandes intervalos de tiempo en los que tales individuos se asemejan bastante a los hombres vulgares, tanto en ventajas como en carencias. Por eso desde siempre se ha considerado la actuación del genio como una inspiración y hasta, como el propio nombre indica, como la actuación de un ser sobrehumano distinto del individuo, que solo periódicamente toma posesión de Ã©l. El rechazo que sienten los individuos geniales a dirigir la atención al contenido del principio de razón, se muestra en primer lugar respecto de la razón del ser, como antipatía por las matemáticas: pues su consideración se dirige a las formas más generales del fenómeno, el espacio y el tiempo, que no son más que formas del principio de razón, por lo que es plenamente contraria a aquella consideración que investiga solo el contenido del fenómeno, la idea que en él se expresa, prescindiendo de toda relación. Además, al genio le repugnará el tratamiento lógico de la matemática porque, obstaculizando la verdadera comprensión, no satisface, sino que ofrece un mero encadenamiento de inferencias según el principio de razón del conocer y requiere todas las fuerzas del espíritu, sobre todo la memoria, a fin de tener presentes siempre las primeras premisas en las que se basa. También la experiencia confirma que los grandes genios del arte no tienen capacidad para las matemáticas: nunca un hombre destacó mucho al mismo tiempo en ambos. Alfieri cuenta que ni siquiera pudo entender nunca el cuarto teorema de Euclides. A Goethe le reprocharon su falta de conocimiento matemático suficiente los que se opusieron, sin entenderla, a su teoría de los colores: sin embargo, allí, donde no se trataba de cálculos y medida según datos hipotéticos sino de un inmediato conocimiento de la causa y el efecto por parte del entendimiento, ese reproche fue tan transversal y fuera de lugar que con él pusieron de manifiesto su completa falta de juicio, al igual que con todas sus demás sentencias a lo Midas. El que aún hoy, casi medio siglo después de aparecer la teoría de los colores de Goethe, incluso en Alemania las patrañas newtonianas continúen imperturbables en posesión de las cátedras y se siga hablando con total seriedad de las siete luces homogéneas y su distinta refrangibilidad, eso se contará un día entre los grandes rasgos intelectuales de la humanidad en general y de los alemanes en particular. — La razón indicada explica también el conocido hecho de que, a la inversa, los matemáticos destacados tengan poca sensibilidad para las obras de las bellas artes, lo que se expresa de forma especialmente cándida en la anécdota de aquel matemático francés que, tras leer la Ifigenia de Racine, preguntó encogiéndose de hombros: Qu’est-ce-que cela prouve?[152]. — Puesto que además lo que constituye la prudencia es la aguda captación de las relaciones según la ley de causalidad y motivación pero el conocimiento genial no está dirigido a relaciones, un hombre prudente, en tanto y mientras lo sea, no será genial; y un hombre genial, en tanto y mientras lo sea, no será prudente. — Finalmente, el conocimiento intuitivo en general, en cuyo dominio se halla la idea, se opone diametralmente al racional o abstracto, guiado por el principio de razón. Como es sabido, raramente se encuentra la gran genialidad emparejada con una racionalidad predominante; antes bien, por el contrario, los individuos geniales se hallan con frecuencia sometidos a violentos afectos y pasiones irracionales. Sin embargo, la razón de ello no es la debilidad de la razón sino por una parte la inusual energía del fenómeno de la voluntad que es el individuo genial y que se manifiesta en la vehemencia de todos los actos de voluntad; por otra parte, el predominio del conocimiento intuitivo de los sentidos y el entendimiento sobre el abstracto y, en consecuencia, la clara orientación a lo intuitivo, cuya impresión, sumamente enérgica en estos individuos, eclipsa hasta tal punto los incoloros conceptos que el obrar no es ya guiado por estos sino por aquel, con lo que se vuelve irracional: por lo tanto, la impresión del presente es en ellos muy poderosa y los arrastra a la irreflexión, el afecto y la pasión. También por eso, y porque su conocimiento se ha emancipado en parte del servicio de la voluntad, en la conversación no pensarán tanto en la persona con la que hablan como en el tema, el cual tienen vivamente presente: de ahí que juzguen o cuenten las cosas con demasiada objetividad para sus intereses, que no callen lo que el hombre prudente callaría, etc. Finalmente, tienden al monólogo y en general pueden mostrar muchas debilidades que les aproximan realmente a la locura. Con frecuencia se ha observado que la genialidad y la locura tienen una cara en la que se limitan mutuamente y hasta se transforman una en otra, e incluso se ha llamado a la inspiración poética una clase de locura: amabilis insania[153] la denomina Horacio (Od. III, 4), y «benévola locura» Wieland, en la Introducción al Oberon. Incluso Aristóteles debió decir, según la cita de Séneca (De tranq. animi, 15, 16): Nullum magnum ingenium sine mixtura dementiae fuit[154]. Platón, en el Mito de la Caverna antes citado (De Rep., 7), lo expresa diciendo: Aquellos que fuera de la caverna han contemplado la verdadera luz del sol y las cosas realmente existentes (las ideas), ya no pueden volver a ver en la caverna porque sus ojos se han desacostumbrado a la oscuridad, ya no conocen bien las sombras de allá abajo y, en consecuencia, sus equivocaciones son objeto de las burlas de los demás, que nunca ascendieron de esa caverna y esas sombras. También dice directamente en el Fedro (p. 317) que no puede existir un auténtico poeta sin una cierta demencia, e incluso (p. 327) que todo el que conoce las ideas eternas en las cosas efímeras parece un loco. También Cicerón aduce: Negat enim, sine furore, Democritus, quemquam poëtam magnum esse posse; quod idem dicit Plato[155] (De divin. I, 37). Por último, dice Pope:


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