El mundo como voluntad y representacion I

El mundo como voluntad y representacion I

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El hombre vulgar, esa mercancía de la naturaleza como las que esta produce por miles a diario, no es capaz de una consideración desinteresada en todos los sentidos, que es lo que constituye la verdadera contemplación, o al menos no de forma sostenida: él solo puede dirigir su atención a las cosas en la medida en que tengan alguna relación, aunque sea muy mediata, con su voluntad. Dado que en este respecto, que no requiere más que el conocimiento de las relaciones, el concepto abstracto de las cosas es suficiente y la mayoría de las veces más idóneo, el hombre vulgar no permanece mucho tiempo en la intuición, así que no clava mucho su mirada en un objeto, sino que en todo lo que se le ofrece busca rápidamente el concepto bajo el que incluirlo como busca la silla el perezoso, sin interesarse por nada más. Por eso lo despacha todo tan rápido: las obras de arte, los objetos bellos de la naturaleza y los aspectos importantes de la vida en todas sus escenas. Pero no se detiene: en la vida no busca más que su camino y, en todo caso, cualquier cosa que en alguna ocasión pudiera convertirse en su camino, es decir, notas topográficas en el más amplio sentido: no pierde el tiempo examinando la vida misma en cuanto tal. Por el contrario, el hombre genial, cuya fuerza cognoscitiva, debido a su exceso, se libera del servicio de la voluntad durante una parte de su vida, se detiene en la consideración de la vida misma aspirando a conocer la idea de cada cosa y no sus relaciones con otras cosas: con ello, desatiende con frecuencia la consideración de su propio camino en la vida, por lo que la mayoría de las veces lo recorre con bastante torpeza. Mientras que para el hombre vulgar su facultad cognoscitiva es la linterna que alumbra su camino, para el genial la suya es el sol que le hace patente el mundo. Estas dos formas tan diferentes de ver la vida se hacen pronto visibles incluso desde fuera. El hombre en el que vive y actúa el genio se distingue fácilmente por su mirada que, a la vez viva y firme, lleva el carácter de la contemplación; así lo podemos vez en las imágenes de las pocas cabezas geniales que la naturaleza ha producido de vez en cuando entre incontables millones: en cambio, en la mirada de los otros, cuando no es, como la mayoría de las veces, inexpresiva e insípida, se hace fácilmente visible el verdadero opuesto de la contemplación: el acecho. Por consiguiente, la «expresión genial» de una cabeza consiste en que en ella es visible una clara preponderancia del conocimiento sobre el querer, por lo que en ella se expresa también un conocimiento sin referencia ninguna al querer, es decir, un conocimiento puro. En cambio, en las cabezas normales la expresión del querer es predominante, y se ve que el conocimiento no se pone en marcha más que a instancias del querer, así que está siempre dirigido a los motivos.


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