El mundo como voluntad y representacion I

El mundo como voluntad y representacion I

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No obstante, esa capacidad ha de habitar en menor y diverso grado en todos los hombres; porque si no, serían tan incapaces de disfrutar las obras de arte como de producirlas y en general no tendrían sensibilidad alguna para lo bello y lo sublime, ni esas palabras podrían tener siquiera sentido para ellos. Por ello, a no ser que haya quienes sean totalmente incapaces de todo placer estético, hemos de suponer en todos los hombres aquella capacidad de conocer en las cosas sus ideas y, con ello, de extrañarse momentáneamente de su personalidad. El genio los aventaja solamente en el grado muy superior y la duración más sostenida de aquella forma de conocimiento, los cuales le permiten conservar el discernimiento necesario para reproducir lo así conocido en una obra espontánea, reproducción esta que constituye la obra de arte. A través de ella comunica a los demás la idea captada. Esta permanece siempre inalterada y la misma: de ahí que el placer estético sea esencialmente el mismo, al margen de que esté suscitado por una obra de arte o inmediatamente por la intuición de la naturaleza y la vida. La obra de arte es simplemente un medio de facilitar el conocimiento en que consiste aquel placer. El hecho de que a partir de la obra de arte se nos acerque la idea con más facilidad que inmediatamente a partir de la naturaleza y la realidad se debe únicamente a que el artista, que solo conoció la idea y no la realidad, en su obra ha reproducido puramente la idea, la ha separado de la realidad omitiendo todas las contingencias que la perturban. El artista nos deja mirar en el mundo con sus ojos. El tener esos ojos, el conocer lo esencial de las cosas que está fuera de todas las relaciones, constituye precisamente el don del genio, lo innato; el estar en condiciones de prestarnos ese don, de ponernos sus ojos, es lo adquirido, la técnica del arte. Por eso, tras haber presentado en lo precedente la esencia interna de la forma de conocimiento estética en sus líneas más generales, la consideración filosófica de lo bello y lo sublime que ahora sigue explicará ambas cuestiones al mismo tiempo en la naturaleza y el arte, sin separarlas más. En primer lugar examinaremos lo que ocurre en el hombre cuando le conmueve lo bello y lo sublime: el que esa emoción la extraiga inmediatamente de la naturaleza, de la vida, o solo participe de ella por mediación del arte, no fundamenta una distinción esencial sino meramente extrínseca.


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