El mundo como voluntad y representacion I

El mundo como voluntad y representacion I

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Ya antes se ha señalado que la forma más fácil de desplazarse al estado de intuición pura se da cuando los objetos se prestan a ella, es decir, cuando por su forma variada y a la vez determinada y clara, se convierten fácilmente en representantes de su idea; en esto consiste la belleza en sentido objetivo. Esa propiedad la tiene ante todo la naturaleza bella, que hasta al más insensible le saca al menos un efímero placer estético: es tan llamativo cómo en especial el mundo de las plantas invita y de algún modo obliga a la consideración estética, que podríamos relacionar esa facilidad con el hecho de que tales seres orgánicos no son, como los cuerpos animales, objetos inmediatos de conocimiento, por lo que necesitan un individuo ajeno dotado de entendimiento para salir del mundo de la voluntad ciega y entrar en el de la representación; de ahí que, por así decirlo, anhelen esa entrada para conseguir al menos mediatamente lo que inmediatamente les es negado. Por lo demás, dejo en suspenso esos pensamientos osados y quizá rayanos en el entusiasmo, ya que solo un examen de la naturaleza muy profundo y entregado los puede inspirar o justificar[162]. Mientras esa disposición de la naturaleza, esa significatividad y claridad de sus formas desde las cuales nos abordan las ideas individualizadas en ellas, sea lo que nos saque del conocimiento de meras relaciones servil a la voluntad y nos instale en la contemplación estética elevándonos a sujeto involuntario del conocimiento, será simplemente lo bello lo que actúe en nosotros y el sentimiento de la belleza lo que se suscite. Pero cuando aquellos objetos cuyas formas significativas nos invitan a su pura contemplación tienen una relación hostil con la voluntad humana en general, tal y como se presenta en su objetividad, el cuerpo humano; cuando se le oponen, cuando le amenazan con una superioridad que suprime toda resistencia o le empequeñecen hasta la nada con su inmensa magnitud, pero el observador no dirige su atención a esa imponente relación hostil con su voluntad sino que, aun percibiéndola y reconociéndola, se aparta conscientemente de ella desprendiéndose violentamente de su voluntad con sus relaciones y, entregado sólo al conocimiento, como puro sujeto involuntario del conocimiento contempla tranquilo aquellos objetos terribles para la voluntad, captando solo su idea ajena a toda relación; y permaneciendo de buena gana en su contemplación, se eleva por encima de sí mismo, de su persona, del suyo y de todo querer: entonces, le llena el sentimiento de lo sublime [Erhabenen], se halla en estado de elevación [Erhebung], y por eso al objeto que provoca tal estado se lo llama sublime [erhaben]. Así pues, lo que diferencia el sentimiento de lo sublime del de lo bello es esto: en lo bello el conocer ha obtenido la supremacía sin lucha, ya que la belleza del objeto, es decir, la condición que tiene de propiciar el conocimiento de su idea, alejó de la conciencia sin resistencia e imperceptiblemente la voluntad y el conocimiento de las relaciones entregado a su servicio, quedando la conciencia como puro sujeto del conocimiento, de modo que no permaneció recuerdo alguno de la voluntad: en cambio, en el caso de lo sublime aquel estado de conocimiento puro solo se gana tras desprenderse consciente y violentamente de las relaciones del mismo objeto con la voluntad, conocidas como desfavorables, a través de una elevación libre y consciente por encima de la voluntad y el conocimiento referente a ella. Esta elevación no solo hay que conseguirla sino también mantenerla con conciencia, por lo que va acompañada de un constante recuerdo de la voluntad, aunque no de un querer individual, como el temor o el deseo, sino del querer humano en general en tanto que expresado universalmente por su objetividad, el cuerpo humano. Si en la conciencia apareciera un acto de voluntad individual real debido al asedio y peligro reales para la persona por parte del objeto, entonces la voluntad individual así conmocionada ganaría la supremacía, se haría imposible la tranquilidad de la contemplación y la impresión de lo sublime se perdería dejando paso al miedo, en el que el afán del individuo por salvarse desbancaría cualquier otro pensamiento. — Algunos ejemplos contribuirán en buena medida a esclarecer esta teoría de lo sublime estético y dejarla fuera de duda, al tiempo que mostrarán los distintos grados de ese sentimiento de lo sublime. Pues, dado que es idéntico al de lo bello en la determinación fundamental de ser un conocimiento puro e involuntario, y referirse a las ideas que están fuera de toda relación determinada por el principio de razón, distinguiéndose del sentimiento de lo bello únicamente por el añadido de ser una elevación sobre la relación conocidamente hostil del objeto contemplado con la voluntad, según que este añadido sea fuerte, intenso, apremiante y cercano, o bien débil, remoto y meramente aludido, surgen diversos grados de lo sublime y hasta tránsitos de lo bello a lo sublime. Considero apropiado a la exposición traer primero a la vista con ejemplos esos tránsitos y, en general, los grados más débiles de la impresión de lo sublime: si bien aquellos cuya sensibilidad estética no sea muy grande ni su fantasía muy viva solo entenderán los posteriores ejemplos de los grados superiores y más claros de aquella impresión, así que solo se atendrán a estos y tendrán que dejar estar los ejemplos de los grados muy débiles de la mencionada impresión citados en primer lugar.


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