El mundo como voluntad y representacion I
El mundo como voluntad y representacion I Asà como el hombre es al mismo tiempo un impetuoso y sombrÃo afán del querer (significado por el polo de los genitales como su foco) y un eterno, libre y sereno sujeto del conocimiento puro (significado por el polo del cerebro), también en correspondencia con esa oposición, el sol es a la vez fuente de la luz, de la condición para la más perfecta forma de conocimiento y, precisamente por eso, de la más grata de las cosas, y fuente del calor, de la condición primera de toda vida, es decir, de todo fenómeno de la voluntad en sus grados superiores. Por eso, lo que es el calor a la voluntad, es la luz al conocimiento. La luz es el mayor diamante en la corona de la belleza y tiene la influencia más decisiva en el conocimiento de cualquier objeto bello: su presencia en general constituye una condición ineludible; su posición favorable incrementa hasta la belleza de lo más bello. Gracias a ella se potencia ante todo la belleza de los edificios, aunque hasta lo más insignificante lo convierte en un objeto bello. — En el riguroso invierno, en medio del general entumecimiento de la naturaleza, vemos los rayos del sol bajo reflejados por las masas de piedra que iluminan sin calentarlas; es decir, favorecen solamente la forma de conocimiento más pura, no la voluntad; asà la contemplación del bello efecto de la luz sobre esas masas nos coloca, al igual que toda belleza, en el estado del conocimiento puro que aquÃ, sin embargo, debido al leve recuerdo de la falta de calentamiento de esos rayos, es decir, de la ausencia del principio vital, exige una cierta elevación por encima del interés de la voluntad y contiene un leve requerimiento a detenerse en el conocimiento puro evitando todo querer; por eso constituye un tránsito del sentimiento de lo bello al de lo sublime. Este es el más leve soplo de lo sublime en lo bello, y este mismo aparece aquà sólo en un pequeño grado. Un ejemplo casi igual de débil es el siguiente.