El mundo como voluntad y representacion I
El mundo como voluntad y representacion I En forma totalmente inmediata recibimos esa impresión de lo sublime matemático a través de un espacio que es pequeño en comparación con el Universo pero que, al resultarnos totalmente perceptible de forma inmediata, actúa sobre nosotros en sus tres dimensiones y en toda su magnitud, la cual es suficiente para hacer casi infinitamente pequeña la medida de nuestro cuerpo. Esa impresión no puede producirla nunca un espacio vacío para la percepción, es decir, un espacio abierto, sino solo uno que sea inmediatamente perceptible mediante la limitación en todas sus dimensiones, o sea, una bóveda muy alta y grande como la de la iglesia de San Pedro en Roma o la de San Pablo en Londres. El sentimiento de lo sublime surge aquí al percatarnos de la evanescente nihilidad de nuestro propio cuerpo ante una magnitud que, por otra parte, no se halla más que en nuestra representación y cuyo soporte somos nosotros en cuanto sujeto cognoscente; es decir, surge aquí, como en todos los casos, por el contraste entre la insignificancia y dependencia de nuestro yo como individuo, como fenómeno de la voluntad, y la conciencia de nosotros mismos como sujeto puro del conocimiento. Incluso la bóveda celeste, cuando se la considera sin reflexión, actúa del mismo modo que aquella bóveda de piedra y no en sus dimensiones verdaderas sino aparentes. — Algunos objetos de nuestra intuición suscitan la impresión de lo sublime porque, tanto debido a su magnitud espacial como a su antigüedad, es decir, a su duración temporal, frente a ellos nos sentimos reducidos a la nada y, no obstante, disfrutamos el placer de verlos: ese es el caso de las montañas muy altas, las pirámides de Egipto y las ruinas colosales de la remota Antigüedad.