El mundo como voluntad y representacion I

El mundo como voluntad y representacion I

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Dado que, por una parte, toda cosa existente puede ser considerada de forma puramente objetiva y fuera de toda relación; y, por otra, en cada cosa se manifiesta la voluntad en algún grado de su objetivación, siendo así expresión de una idea, se sigue que todas las cosas son bellas. — El que hasta lo más insignificante admita una consideración puramente objetiva e involuntaria, y así se acredite como bello, lo atestigua la pintura de bodegones de los holandeses mencionada ya antes (§ 38) a este respecto. Pero una cosa es más bella que otra porque facilita la contemplación objetiva, la fomenta y hasta obliga a ella, y entonces la calificamos de muy bella. Esto ocurre, por una parte, porque en cuanto cosa individual expresa de forma pura la idea de su especie por medio de una proporción de sus partes sumamente clara, netamente definida y plenamente significativa; y unificando en su totalidad las manifestaciones posibles de su especie, revela a la perfección la idea de la misma, de modo que facilita al observador el tránsito de la cosa individual a la idea, y con ello al estado de la contemplación pura; por otra parte, aquel privilegio de la especial belleza de un objeto consiste en que la idea misma que nos habla desde él constituye un alto grado de objetividad de la voluntad, por lo que es plenamente significativa y elocuente. Por eso el hombre es el más bello de los seres y la revelación de su esencia constituye el fin supremo del arte. La figura y expresión humanas constituyen el objeto más importante del arte figurativo, como la acción humana es el objeto más importante de la poesía. — Sin embargo, cada cosa posee su belleza peculiar, no solo lo orgánico y lo que se presenta en la unidad de una individualidad, sino también lo inorgánico, lo amorfo y hasta los artefactos. Pues todos ellos revelan las ideas a través de las cuales la voluntad se objetiva en los grados más bajos y, por así decirlo, dan el tono más bajo de la naturaleza. Gravedad, rigidez, fluidez, luz, etc., son las ideas que se expresan en las rocas, los edificios y las aguas. El arte de la jardinería y la arquitectura no pueden más que ayudarles a desplegar aquellas propiedades suyas de forma clara, variada y completa, dándoles ocasión de expresarse con pureza, con lo que invitan a la contemplación estética y la facilitan. En cambio, los edificios mal hechos o los parajes que la naturaleza ha descuidado o el arte ha echado a perder, lo consiguen en poca o ninguna medida: sin embargo, aquellas ideas fundamentales de la naturaleza no pueden desaparecer totalmente de ellas. También aquí hablan al espectador inquisitivo; y hasta los edificios malos o cosas semejantes son todavía susceptibles de contemplación estética: las ideas de las propiedades más universales de sus materiales son aún reconocibles en ellos, solo que la forma artificial que se les ha dado no es una facilidad sino más bien un obstáculo que dificulta la contemplación estética. Por consiguiente, también los artefactos sirven para expresar las ideas: pero no hay una idea del artefacto que hable desde ellos, sino la idea del material al que se le dio una forma artificial.


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