El mundo como voluntad y representacion I

El mundo como voluntad y representacion I

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Belleza humana es una expresión objetiva que designa la más perfecta objetivación de la voluntad en el más alto grado de su cognoscibilidad, la idea del hombre en general, expresada por entero en la forma intuida. Por mucho que destaque aquí el aspecto objetivo de lo bello, el subjetivo sigue siendo su continuo acompañante: y precisamente porque ningún objeto nos arrebata tan rápido a la pura intuición estética como el más bello semblante y forma humanos, en cuya visión nos conmueve instantáneamente un inefable placer que nos eleva sobre nosotros mismos y todo lo que nos atormenta, ello solo resulta posible porque esa cognoscibilidad de la voluntad, la más clara y pura de todas, nos instala con la máxima facilidad y prontitud en el estado de conocimiento puro en el que desaparece nuestra personalidad, nuestro querer con su continua aflicción, durante el tiempo en que se mantiene el puro placer estético: por eso dice Goethe: «Al que ve la belleza humana no le puede dañar ningún mal: se siente en consonancia consigo mismo y con el mundo»[169]. El que la naturaleza consiga una bella forma humana hemos de explicarlo porque la voluntad, al objetivarse en un individuo dentro de ese grado superior, gracias a las circunstancias favorables y a sus propias fuerzas vence todos los impedimentos y la resistencia que le oponen los fenómenos de la voluntad de grados inferiores, como son las fuerzas naturales a las que ha de ganar y arrebatar primero la materia que les pertenece. Además, el fenómeno de la voluntad en los grados superiores incluye siempre la variedad en su forma: el árbol es un simple agregado sistemático de fibras que brotan en innumerable repetición: esa composición se va incrementando cada vez más, y el cuerpo humano es un sistema altamente combinado de partes muy diferentes cada una de las cuales está subordinada al conjunto pero tiene también vida propia, vita propria: el que todas esas partes estén subordinadas al conjunto y coordinadas entre sí de la forma adecuada, que estén armonizadas para la representación del todo, que nada sea excesivo ni atrofiado: todas esas son las infrecuentes condiciones cuyo resultado es la belleza, el carácter de la especie perfectamente marcado. — Así ocurre en la naturaleza. ¿Y en el arte? —Se piensa que por imitación de la naturaleza. — ¿Pero cómo ha de reconocer el artista la obra lograda y a imitar, y descubrirla entre las malogradas, si no anticipa lo bello antes de la experiencia? Además, ¿alguna vez ha producido la naturaleza un hombre plenamente bello en todos los aspectos? — Ante esto se ha pensado que el artista ha de reunir aspectos bellos repartidos individualmente en muchos hombres y a partir de ellos componer una totalidad bella: una opinión errada e insensata. Pues entonces se vuelve a plantear la cuestión de cómo ha de saber que precisamente esas formas son las bellas y no otras. También vemos hasta qué grado de belleza llegaron los antiguos pintores alemanes imitando la naturaleza. Considérense sus figuras desnudas. — Ningún conocimiento de lo bello es posible puramente a posteriori y por mera experiencia: siempre es, al menos en parte, a priori, si bien de clase totalmente distinta a la de las formas del principio de razón que conocemos a priori. Estas afectan a la forma general del fenómeno como tal y en cuanto fundamento de la posibilidad del conocimiento en general, al cómo universal y sin excepción del fenómeno; y de ese conocimiento nacen la matemática y la ciencia natural pura: en cambio, aquella otra forma de conocimiento a priori que hace posible la representación de lo bello afecta no a la forma, sino al contenido de los fenómenos, no al cómo sino al qué de la manifestación. Todos nosotros reconocemos la belleza humana cuando la vemos, aunque en el artista auténtico eso ocurre con tal claridad que la muestra como nunca la ha visto y en su representación supera a la naturaleza; todo ello sólo es posible porque la voluntad, cuya adecuada objetivación en su grado superior ha de ser aquí juzgada y descubierta, somos nosotros mismos. Solo por eso poseemos de hecho una anticipación de aquello que la naturaleza (que es la voluntad que constituye nuestro propio ser) se esfuerza por representar; en el auténtico genio esa anticipación va acompañada de un grado de discernimiento tal que, al conocer en las cosas individuales su idea, por así decirlo, comprende la naturaleza a la mitad de la frase y expresa con pureza lo que ella solo balbucea; y así imprime en el duro mármol la belleza de formas que a ella en mil ensayos se le malogró y se la presenta a la naturaleza como gritándole: «¡Esto era lo que tú querías decir!»; y en el entendido resuena: «¡Sí eso era». — Solo así pudo el griego genial descubrir el prototipo de la figura humana y establecerlo como canon de la escuela escultórica; y solo en virtud de tal anticipación nos es posible a todos nosotros conocer lo bello allá donde la naturaleza lo ha logrado realmente en un individuo. Esa anticipación es el ideal: es la idea en cuanto conocida a priori, al menos a medias, y al ofrecerse en cuanto tal como complemento a lo que la naturaleza da a posteriori, se hace práctica para el arte. La posibilidad de la anticipación de lo bello a priori en el artista, así como de su reconocimiento a posteriori en el entendido, radica en que uno y otro son ellos mismos el en sí de la naturaleza, la voluntad que se objetiva. Pues, como dijo Empédocles, lo semejante sólo es conocido por lo semejante: solo la naturaleza puede entenderse a sí misma; solo la naturaleza se sondea a sí misma: pero tampoco el espíritu es percibido más que por el espíritu[170].


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