El mundo como voluntad y representacion I
El mundo como voluntad y representacion I Según todo lo dicho, el concepto, por muy provechoso que sea para la vida y por muy útil, necesario y productivo que resulte para la ciencia, para el arte es estéril a perpetuidad. En cambio, la idea concebida es la única y verdadera fuente de toda obra de arte auténtica. En su poderosa originalidad es sacada solamente de la vida misma, de la naturaleza, del mundo, pero solo por el auténtico genio o por el que se ha elevado momentáneamente a la genialidad. Únicamente de esa inmediata recepción nacen las obras auténticas que llevan en sí mismas una vida imperecedera. Precisamente porque la idea es y sigue siendo intuitiva, el artista no es consciente 278 in abstracto del propósito y fin de su obra; no tiene presente un concepto sino una idea: de ahí que no pueda dar cuenta de su obrar: trabaja, como dice la gente, por puro sentimiento y sin conciencia, hasta por instinto. En cambio, los imitadores, manieristas[175], imitatores, servum pecus[176], parten del concepto en el arte: se fijan en lo que gusta y surte efecto de las obras auténticas, se lo ponen en claro, lo captan en el concepto, esto, es, en abstracto, y lo imitan abierta o veladamente con astuta intencionalidad. Como plantas parásitas se nutren de las obras ajenas y como pólipos toman el color de su alimento. Siguiendo con la comparación, se podría incluso afirmar que son semejantes a máquinas que despedazan muy fino y mezclan lo que en ellas se introduce, pero nunca pueden digerir, de modo que siempre se pueden volver a encontrar los elementos ajenos, sacarlos de la mezcla y separarlos: solo el genio, en cambio, se parece al cuerpo orgánico que asimila, transforma y produce. Pues él ha sido criado y formado por los predecesores y sus obras; pero solo es fecundado por la vida y el mundo de forma inmediata, a través de la impresión de lo intuitivo: de ahí que ni siquiera una superior formación perjudique nunca su originalidad. Todos los imitadores, todos los manieristas captan en conceptos la esencia de las producciones modélicas ajenas; pero los conceptos nunca pueden otorgar vida interior a una obra. La época, es decir, la obtusa masa de cada momento, conoce solamente conceptos y se queda pegada a ellos, por lo que acoge las obras del manierismo con aplauso rápido y sonoro: pero después de pocos años las mismas obras ya no se pueden disfrutar porque se ha transformado el espíritu del tiempo, es decir, los conceptos vigentes, que eran lo único en lo que aquellas podían arraigar. Solamente las obras auténticas que han sido extraídas inmediatamente de la naturaleza, de la vida, se mantienen, como estas, eternamente jóvenes y siempre con su fuerza originaria. Pues no pertenecen a ninguna época sino a la humanidad: y como precisamente por eso fueron acogidas con tibieza por su propia época, a la que desdeñaron ajustarse, y debido a que destaparon indirecta y negativamente sus extravíos, fueron reconocidas tarde y a desgana; a cambio de eso tampoco pueden envejecer sino que siguen agradando en la posteridad, siempre frescas y renovadas: entonces no están ya expuestas a pasar inadvertidas y quedar ignoradas, ya que están coronadas y sancionadas por la aprobación de las pocas cabezas dotadas de juicio que aparecen a lo largo de los siglos de forma aislada y parca[177] emitiendo sus opiniones, cuya suma creciente fundamenta la autoridad constitutiva del único tribunal al que nos referimos cuando apelamos a la posteridad. Aquellos individuos que aparecen sucesivamente están totalmente solos: pues la masa y multitud de la posteridad será y permanecerá siempre tan errada y torpe como lo fue y lo sigue siendo la masa y multitud de los contemporáneos. — Léanse las quejas de los grandes espíritus de todos los siglos acerca de sus contemporáneos: siempre suenan igual que hoy; porque el género humano es siempre el mismo. En cada época y en cada arte la manera sustituye al espíritu, que es siempre propiedad exclusiva de unos pocos: pero la manera es el viejo ropaje del que se despojó el último fenómeno del espíritu existente y conocido. Según todo ello, el aplauso de la posteridad no se adquiere por lo regular más que a costa del aplauso de los contemporáneos; y viceversa[178].