El mundo como voluntad y representacion I
El mundo como voluntad y representacion I Como cumbre de la poesÃa, tanto por la magnitud de su efecto como por la dificultad del resultado, debe ser y es de hecho reconocida la tragedia. Para el conjunto de nuestro análisis es muy importante observar que el fin de esta máxima producción poética es la representación del aspecto terrible de la vida; que lo que aquà se nos exhibe es el indecible dolor, las calamidades de la humanidad, el triunfo de la maldad, el sarcástico dominio del azar y el irremediable fracaso de lo justo y lo inocente: pues aquà se encuentra una importante advertencia sobre la Ãndole del mundo y la existencia. Es el conflicto de la voluntad consigo misma lo que aquÃ, en el grado superior de su objetividad, se despliega de la forma más plena y aparece de forma atroz. Tal conflicto se hace visible en el sufrimiento de la humanidad: por un lado, a través del azar y el error, que se presentan como señores del mundo y personificados bajo la forma del destino en virtud de su perfidia, que llega a tener apariencia de intencionalidad; por otro lado, el conflicto nace de la humanidad misma, por los entrecruzados afanes de la voluntad de los individuos, por la maldad y equivocación de la mayorÃa. Una y la misma voluntad es la que en todos ellos vive y se manifiesta, pero sus fenómenos combaten y se despedazan a sà mismos. En este individuo se presenta poderosa, en aquel más débil, aquà está más o menos entrada en razón y suavizada por la luz del conocimiento; hasta que finalmente, en algunos individuos, ese conocimiento, purificado y elevado por el sufrimiento mismo, alcanza el punto en que el fenómeno, el velo de Maya, ya no le engaña; el punto en que la forma del fenómeno, el principium individuationis, queda traspasado y con él se extingue el egoÃsmo en el que se basa; con lo que los motivos, hasta entonces tan poderosos, pierden toda su fuerza dejando lugar al completo conocimiento de la esencia del mundo que, actuando como aquietador, provoca la resignación, la renuncia no simplemente a la vida sino a toda la voluntad de vivir. Asà en la tragedia vemos que al final los personajes más nobles, tras larga lucha y sufrimiento, renuncian para siempre a los fines que hasta entonces perseguÃan con tanta vehemencia y a todos los placeres de la vida, o bien abandonan libremente y contentos la vida misma: asà el prÃncipe constante de Calderón; asà Margarita en el Fausto; asà Hamlet, a quien Horacio quiere seguir voluntariamente, si bien aquel le ordena quedarse y seguir respirando dolorosamente todavÃa un tiempo en este salvaje mundo, a fin de relatar el destino de Hamlet y purificar su memoria; — asà también la doncella de Orleans y la novia de Mesina: todos ellos mueren purificados por el dolor, es decir, después de que se ha extinguido la voluntad de vivir en ellos; en el Mahoma de Voltaire esto se expresa incluso literalmente, en las palabras finales que Palmira moribunda grita a Mahoma: «El mundo es para los tiranos: ¡Vive tú!». — En cambio, la exigencia de la denominada justicia poética se basa en el total desconocimiento de la esencia de la tragedia y hasta de la esencia del mundo. Con insolencia y en toda su vulgaridad aparece en las crÃticas que el doctor Samuel Johnson hizo de algunas obras de Shakespeare quejándose con toda ingenuidad del general descuido de tal justicia; descuido que es, desde luego, real: ¿pues en qué son culpables las Ofelias, las Desdémonas y las Cordelias? — Pero solo la concepción del mundo vulgar, optimista, racionalista-protestante o propiamente judÃa planteará la exigencia de la justicia poética y encontrará en la satisfacción de esta la suya propia. El verdadero sentido de la tragedia es la profunda comprensión de que lo que el héroe expÃa no son sus pecados particulares sino el pecado original, es decir, la culpa de la existencia misma: