El mundo como voluntad y representacion I

El mundo como voluntad y representacion I

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Todo lo que debían dejar claro estas consideraciones: la imposibilidad de alcanzar una satisfacción duradera y la negatividad de toda felicidad, encuentra su explicación en lo que se mostró al final del libro segundo: que la voluntad, cuya objetivación es la vida humana como lo son todos los fenómenos, es un afán sin objetivo ni fin. El cuño de esa ausencia de fin lo encontramos expresado también en todas las partes de su fenómeno, desde su forma más general —el tiempo y el espacio sin fin— hasta el más perfecto de todos sus fenómenos, la vida y el afán humanos. — Podemos suponer en teoría tres extremos de la vida humana y considerarlos como elementos de la vida real del hombre. Primero, el poderoso querer, las grandes pasiones (radschaguna)[249]. Destaca en los grandes caracteres históricos; se describe en la epopeya y el drama: pero también puede mostrarse en pequeña escala, pues la magnitud de los objetos se mide aquí únicamente por el grado en el que mueven la voluntad y no por sus relaciones externas. Luego, en segundo lugar, el conocimiento puro, la captación de las ideas, condicionada por la liberación del conocimiento respecto de la servidumbre de la voluntad: la vida del genio (satwaguna). Finalmente, y en tercer lugar, el letargo máximo de la voluntad y del conocimiento ligado a ella: el anhelo vacío, el aburrimiento que petrifica la vida (tama-guna). La vida del individuo, lejos de detenerse en uno de esos extremos, raras veces los toca y la mayoría de las veces no es más que un débil y vacilante acercamiento a este o aquel lado, un miserable querer de objetos mezquinos que siempre se repite, evitando así el aburrimiento. — Es realmente increíble lo insulsa e irrelevante que es, vista desde fuera, y lo apática e inconsciente que es, sentida desde dentro, la vida de la mayoría de los individuos. Es un apagado anhelar y atormentarse, un delirio onírico que transcurre a lo largo de las cuatro edades de la vida hasta la muerte, acompañado de una serie de pensamientos triviales. Esos hombres se asemejan a mecanismos de relojería a los que se da cuerda y marchan sin saber por qué; y cada vez que es engendrado y nace un hombre, se vuelve a dar cuerda al reloj de la vida humana y se repite de nuevo la misma canción mil veces cantada, frase por frase y compás por compás, con insignificantes variaciones. — Cada individuo, cada rostro humano con su curso vital es solamente un breve sueño más del infinito espíritu de la naturaleza, de la persistente voluntad de vivir; una efímera figura más que esta dibuja sin ninguna dificultad en su hoja infinita, el espacio y el tiempo, la deja existir durante un diminuto instante y luego la borra para hacer sitio a otras nuevas. Sin embargo, y aquí está el lado grave de la vida, cada una de aquellas figuras pasajeras, de esas banales ocurrencias, la ha de pagar toda la voluntad de vivir en toda su vehemencia con muchos y profundos dolores, y en último término con una amarga muerte largamente temida y que se presenta al final. Por eso la vista de un cadáver nos pone serios tan de repente.


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