El mundo como voluntad y representacion I
El mundo como voluntad y representacion I La conservación del cuerpo por sus propias fuerzas es un grado de afirmación de la voluntad tan bajo que si la cosa se quedara en él podríamos admitir que con la muerte de ese cuerpo se extingue también la voluntad que se manifestó en él. Pero ya la satisfacción del impulso sexual va más allá de la afirmación de la propia existencia que llena un breve tiempo, afirma la vida por encima de la muerte del individuo en un tiempo indeterminado. La naturaleza, siempre verdadera y consecuente, aquí hasta ingenua, expone abiertamente ante nosotros el significado interno del acto genésico. La propia conciencia, la violencia del impulso, nos enseña que en ese acto se expresa la más decidida afirmación de la voluntad de vivir pura y sin más añadidos (por ejemplo, la negación de los individuos ajenos); y entonces en el tiempo y la serie causal, es decir, en la naturaleza, aparece una nueva vida como consecuencia del acto: ante el progenitor se presenta el hijo engendrado, diferente de él en el fenómeno pero idéntico en sí mismo o en la idea. Por eso es a través de ese acto como las generaciones de seres vivos se unen en un conjunto y en cuanto tal se perpetúan. La procreación es respecto del procreador la mera expresión o síntoma de su decidida afirmación de la voluntad de vivir: respecto del procreado no es la razón de la voluntad que en él se manifiesta, ya que la voluntad en sí misma no conoce razón ni consecuencia, sino que es, como toda causa, una simple causa ocasional del fenómeno de esa voluntad en ese tiempo y lugar. En cuanto cosa en sí la voluntad del procreador no difiere de la del procreado, ya que solo el fenómeno, no la cosa en sí, está sometido al principium individuationis. Junto con aquella afirmación, que va más allá del propio cuerpo y llega hasta el presentación de uno nuevo, se vuelven a afirmar también el sufrimiento y la muerte en cuanto fenómenos pertenecientes a la vida, y la posibilidad de la redención provocada por la más perfecta facultad cognoscitiva se declara esta vez estéril. Aquí se encuentra la razón profunda de la vergüenza por el acto genésico. — Esa visión se ha presentado en forma mítica dentro del dogma del cristianismo según el cual todos participamos del pecado original de Adán (que manifiestamente no era sino la satisfacción del placer sexual) y debido a él somos merecedores del sufrimiento y la muerte. Aquella doctrina va más allá de la consideración guiada por el principio de razón y conoce la idea del hombre, cuya unidad es restablecida de su disgregación en innumerables individuos por el nexo de la procreación que todo lo mantiene unido. Según ello, por una parte considera a cada individuo idéntico a Adán, el representante de la afirmación de la vida, y en esa medida como caído en el pecado (pecado original), el sufrimiento y la muerte: por otro lado, el conocimiento de la idea le muestra también cada individuo como idéntico al Redentor, el representante de la negación de la voluntad de vivir, y en esa medida como partícipe de su auto-inmolación, redimido por sus méritos y salvado de los lazos del pecado y de la muerte, es decir, del mundo (Rom 5, 12-21).