El mundo como voluntad y representacion I
El mundo como voluntad y representacion I Sin embargo, al conocimiento tal y como ha surgido para el servicio de la voluntad y se da al individuo en cuanto tal, el mundo no se le presenta de la misma manera que se le revela al final al investigador: como la objetividad de la voluntad de vivir única que es él mismo, sino que la mirada del individuo rudo está enturbiada, como dicen los hindúes, por el velo de Maya: a este se le muestra, en lugar de la cosa en sÃ, solamente en fenómeno en el tiempo y el espacio, el principium individuationis, y en las restantes formas del principio de razón: y en esa forma de su limitado conocimiento no ve la esencia de las cosas, que es única, sino los fenómenos de esta, que aparecen diferenciados, separados, innumerables, muy distintos y hasta opuestos. Ahà el placer se le aparece como una cosa y el tormento como otra totalmente distinta, este hombre como torturador y asesino, este como mártir y vÃctima, la maldad como una cosa y el mal como otra. Ve a uno vivir en la alegrÃa, la abundancia y los placeres, y al otro morir angustiosamente ante su puerta de necesidad y frÃo. Y entonces se pregunta: ¿dónde queda la compensación por todo eso? Y él mismo, en el violento afán de la voluntad que es su origen y su esencia, se aferra a la voluptuosidad y los placeres de la vida, los sujeta entre sus brazos y no sabe que precisamente con ese acto de su voluntad agarra y estrecha fuertemente entre sus brazos todos los dolores y tormentos de la vida a cuya vista se estremece. Ve el mal y la maldad en el mundo: pero, lejos de saber que ambos no son más que aspectos diferentes del fenómeno de la voluntad de vivir única, los toma por muy distintos y hasta opuestos; y con frecuencia intenta con la maldad, es decir, causando el sufrimiento ajeno, sustraerse al mal, esto es, al sufrimiento de la propia individualidad, sumido en el principium individuationis y engañado por el velo de Maya. — Pues como en el mar furioso que, por todas partes ilimitado, levanta y baja aullando enormes olas, un marino se sienta en su barco confiando en su débil vehÃculo, igualmente se sienta tranquilo en medio de un mundo lleno de tormentos el hombre aislado, apoyado y confiado en el principium individuationis o la forma en que el individuo conoce las cosas en cuanto fenómenos. El mundo ilimitado, por todas partes lleno de sufrimiento, en un infinito pasado y un infinito futuro, le resulta ajeno y hasta es para él una fábula: su diminuta persona, su presente sin extensión, su momentáneo placer: solo eso tiene realidad para él; y hace cualquier cosa para conservar eso mientras un mejor conocimiento no le abra los ojos. Hasta entonces solamente vive en el más profundo interior de su conciencia la vaga idea de que todo eso no le es en verdad tan ajeno, sino que tiene una conexión con él ante la que el principium individuationis no le puede apoyar. De esa idea surge aquel horror indestructible y común a todos los hombres (y quizá incluso a los animales más listos), que les conmueve repentinamente cuando por alguna casualidad les desconcierta el principium individuationis debido a que el principio de razón en alguna de sus formas aparenta sufrir una excepción: por ejemplo, cuando parece que se hubiera producido un cambio sin causa o que un muerto volviera a vivir, o que de alguna manera lo pasado o lo futuro estuviera presente, o lo lejano cerca. El enorme espanto que nos produce algo asà se debe a que de repente nos desconcertamos con las formas cognoscitivas del fenómeno, que son lo único que mantiene la individualidad de este separada del resto del mundo. Mas esa separación se encuentra exclusivamente en el fenómeno y no en la cosa en sÃ: y en eso precisamente se basa la justicia eterna. — De hecho, toda felicidad temporal y toda sabidurÃa caminan sobre un campo minado. Ellas protegen a la persona de las desgracias y le procuran sus placeres; pero la persona es un mero fenómeno, y su diversidad respecto de los otros individuos, asà como el hecho de estar libre de los sufrimientos que estos soportan, se basa en la forma del fenómeno, en el principium individuationis. Según la verdadera esencia de las cosas cada cual ha de considerar todos los sufrimientos del mundo como los suyos propios y hasta los simplemente posibles como reales, mientras él sea la firme voluntad de vivir, es decir, mientras afirme la vida con todas sus fuerzas. Para el conocimiento que traspasa el principium individuationis una vida feliz en el tiempo, indultada por el destino o arrebatada a él mediante la sabidurÃa, en medio de los sufrimientos de innumerables otras, no es más que el sueño de un mendigo en el cual se convierte en rey pero del que ha de despertar para saber que no era más que un sueño fugaz lo que le habÃa separado del sufrimiento de su vida.