El mundo como voluntad y representacion I

El mundo como voluntad y representacion I

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La justicia eterna se sustrae a la mirada inmersa en el conocimiento guiado por el principio de razón, en el principium individuationis: esta la echa de menos totalmente, a no ser que la salve mediante ficciones. Ve que el malvado, tras cometer toda clase de delitos y crueldades, vive alegre y abandona el mundo sin ser contrariado. Ve al oprimido arrastrar hasta el final una vida plagada de sufrimientos sin que se le presente un vengador, alguien que le compense. Pero la justicia eterna solo la comprenderá quien se eleve por encima de aquel conocimiento que avanza al hilo del principio de razón y está ligado a las cosas individuales, quien conozca las ideas, traspase el principium individuationis y se percate de que las formas del fenómeno no convienen a la cosa en sí. Ese es también el único que, gracias a ese conocimiento, puede entender la verdadera esencia de la virtud tal y como se nos revelará enseguida en conexión con el presente análisis: si bien para practicarla no se requiere para nada ese conocimiento in abstracto. Así pues, al que ha alcanzado ese conocimiento le resultará claro que, dado que la voluntad es el en sí de todo fenómeno, el tormento infligido a los demás y el sufrido por uno mismo, la maldad y el mal, afectan siempre a uno y el mismo ser, si bien los fenómenos en los que se presenta lo uno y lo otro existen como individuos totalmente distintos e incluso están separados por tiempos y espacios alejados. Ese comprende que la diversidad entre el que inflige el sufrimiento y el que lo ha de soportar es mero fenómeno y no afecta a la cosa en sí, que es la voluntad que vive en ambos y que aquí, engañada por el conocimiento ligado a su servicio, no se conoce a sí misma. Pretendiendo incrementar el placer en uno de sus fenómenos, causa un gran sufrimiento en el otro; y así, en un violento afán, clava los dientes en su propia carne sin saber que no hace nunca más que herirse a sí misma revelando de ese modo, por medio de la individuación, el conflicto consigo misma que lleva en su propio seno. El atormentador y el atormentado son el mismo. Aquel se equivoca al creer que no participa del tormento y este al creer que no participa de la culpa. Si ambos abrieran los ojos, el que inflige el sufrimiento sabría que él vive en todo lo que en el ancho mundo sufre tormento, y si estuviera dotado de razón en vano meditaría por qué fue llamado a la existencia para soportar tan grandes sufrimientos sin saber cuál es su culpa; y el atormentado comprendería que todos los actos malvados que se cometen o se cometieron alguna vez en este mundo nacen de aquella voluntad que constituye también su esencia, que se manifiesta también en él; y vería que a través de ese fenómeno y su afirmación él ha asumido todos los sufrimientos que nacen de tal voluntad y los soporta con razón mientras siga siendo esa voluntad. Desde ese conocimiento habla el inspirado poeta Calderón en La vida es sueño:


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