El mundo como voluntad y representacion I
El mundo como voluntad y representacion I A estos casos pueden reducirse todas las combinaciones de conceptos, y de ahí se puede deducir toda la doctrina de los juicios, su conversión, contraposición, reciprocidad y disyunción (esta según la tercera figura): y también las propiedades de los juicios, en las que Kant fundamentó las presuntas categorías del entendimiento, con excepción de la forma hipotética, que no es ya una combinación de meros conceptos sino de juicios; y luego con la excepción de la modalidad, de la que el apéndice da detallada cuenta, como de todas las propiedades de los juicios que se ponen como fundamento de las categorías. En relación con las posibles combinaciones conceptuales señaladas hay que observar además que pueden también combinarse entre sí de muy diversas maneras, por ejemplo, la cuarta figura con la segunda. Solamente cuando una esfera que contiene otra total o parcialmente está a su vez incluida total o parcialmente en una tercera, representan todas juntas el silogismo en la primera figura, es decir, aquella combinación de juicios por la que se conoce que un concepto total o parcialmente contenido en otro lo está también en un tercero que contiene a su vez a este: o también, a la inversa, la negación, cuya representación sensible solo puede consistir en que dos esferas relacionadas no se hallan en una tercera. Si muchas esferas se abarcan de ese modo, surgen largas cadenas de silogismos. — En este esquematismo de los conceptos, que se explica ya bastante bien en muchos manuales, se puede fundamentar la doctrina de los juicios como también toda la silogística, con lo que la exposición de ambas se hace muy fácil y sencilla. Pues todas sus reglas se pueden comprender, deducir y explicar en su origen a partir de ahí. Mas no es necesario cargarlas en la memoria, ya que la lógica nunca puede ser de utilidad práctica sino solo de interés teórico para la filosofía. Pues aunque se puede decir que la lógica es al pensamiento racional lo que el bajo general a la música y también, si lo tomamos con menos exactitud, lo que la ética a la virtud o la estética al arte, hay que tener en cuenta que ningún artista ha llegado a serlo estudiando estética y ningún carácter noble estudiando ética; que mucho antes de Rameau se componía con corrección y belleza y que, igual que no hace falta tener en mente el bajo general para notar las desarmonías, tampoco se necesita saber lógica para no dejarse embaucar con razonamientos engañosos. No obstante, hay que admitir que el bajo general es de gran utilidad, si no para el enjuiciamiento, sí para el ejercicio de la composición musical: e incluso, en grado mucho menor, la estética y la ética pueden tener alguna utilidad práctica, si bien principalmente negativa, así que no se les puede negar todo valor práctico: pero de la lógica no se puede hacer tanto elogio. Ella es, en efecto, un mero saber in abstracto de aquello que cada cual sabe ya in concreto. Por eso no la necesitamos para no asentir a un razonamiento falso, como tampoco recurrimos a sus reglas para hacer uno correcto, e incluso el lógico más instruido la deja totalmente al margen en su pensamiento real. Eso se explica por lo siguiente: toda ciencia consiste en un sistema de verdades, leyes y reglas generales, y por lo tanto abstractas, en relación con cualquier clase de objetos. El caso individual comprendido en ellas que se presenta después es determinado en cada ocasión según aquel saber general que vale de una vez por todas; porque es infinitamente más fácil aplicar lo general que investigar desde el principio por sí mismo el caso individual que se presenta, ya que el conocimiento general abstracto conseguido de una vez nos resulta siempre más accesible que la investigación empírica de lo individual. Pero con la lógica ocurre exactamente lo contrario. Ella es el saber general acerca del modo de operar de la razón, conocido a través de la auto-observación de la misma y la abstracción de todo contenido, y expresado en forma de reglas. Pero ese modo de operar es necesario y esencial a ella, así que en ningún caso se apartará de él mientras esté entregada a sí misma. Así que es más fácil y seguro dejarle actuar conforme a su esencia en cada caso particular, que ponerle por delante un saber abstraído de ese proceder en la forma de una ley ajena dada desde fuera. Es más fácil: porque, aun cuando en todas las demás ciencias la regla general nos resulta más próxima que la investigación del caso particular solo y por sí mismo, en el uso de la razón, por el contrario, su necesario proceder en el caso dado nos es más cercano que la regla general abstraída de él, pues lo que piensa en nosotros es ya aquella razón misma. Es más seguro: pues con mucha mayor facilidad puede acaecer un error en ese saber abstracto o en su aplicación, que producirse una actuación de la razón que contravenga su esencia, su naturaleza. De ahí procede la particularidad de que, si en otras ciencias la verdad del caso particular se comprueba en la regla, en la lógica, a la inversa, la regla se ha de comprobar siempre en el caso individual: y hasta el lógico más experto, cuando observe que en un caso particular concluye algo distinto de lo que enuncia la regla, antes buscará un fallo en la regla que en el razonamiento efectuado realmente por él. Así pues, pretender hacer un uso práctico de la lógica significaría querer deducir de reglas generales con un indecible esfuerzo lo que conocemos inmedia-tamente y con la máxima seguridad en el caso individual: sería exactamente igual que si uno en sus movimientos pretendiera primero consultar la mecánica y en la digestión la fisiología: y el que aprende lógica para fines prácticos se asemeja al que quiere instruir a un castor en la construcción de su vivienda. — Aunque carente de utilidad práctica, la lógica tiene, pues, que conservarse porque tiene interés filosófico como conocimiento especial de la organización y acción de la razón. En cuanto disciplina cerrada, autónoma, completa en sí misma, circular y totalmente segura, está facultada para ser tratada por sí misma e independientemente de todas las demás ciencias y ser así enseñada en las universidades: pero su verdadero valor lo obtiene únicamente en conexión con el conjunto de la filosofía dentro de la consideración del conocimiento y, por cierto, del conocimiento racional o abstracto. Por consiguiente, su exposición no debería tener la forma de una ciencia dirigida a lo práctico ni contener simples reglas para la correcta conversión de los juicios, el razonamiento, etc., sino que debería más bien estar orientada a que se conozca la esencia de la razón y del concepto, y a que se examine detenidamente el principio de razón del conocer: pues la lógica es una mera paráfrasis de este, pero solo para el caso en que la razón que da la verdad a los juicios no es empírica o metafísica sino lógica o metalógica. Por eso junto al principio de razón del conocer se pueden citar las otras tres leyes fundamentales del pensamiento tan afines a él, los juicios de verdad metalógica; y de ahí resulta poco a poco toda la técnica de la razón. La esencia del verdadero pensar, es decir, del juicio y el razonamiento, se puede representar de la forma antes indicada a partir de la combinación de esferas conceptuales conforme al esquema espacial, y de él se pueden deducir mediante construcción todas las reglas del juicio y el razonamiento. El único uso práctico que se puede hacer de la lógica consiste en que al disputar se muestran al oponente no tanto sus razonamientos defectuosos reales como sus inferencias engañosas intencionadas, designándolas con su nombre técnico. Pero el hecho de contener la orientación práctica de la lógica y subrayar su conexión con el conjunto de la filosofía como un capítulo de la misma no debería hacer su conocimiento más infrecuente de lo que ahora es: pues hoy en día todo el que no quiera permanecer rudo en lo principal y contarse entre la ignorante masa sumida en el embotamiento, tiene que estudiar filosofía especulativa: y ello porque este siglo XIX es un siglo filosófico; lo cual no quiere decir tanto que posea una filosofía o que la filosofía sea dominante en él, como que está maduro para la filosofía y, precisamente por eso, necesitado de ella: ese es un signo de una elevada instrucción e incluso un punto firme en la escala de la cultura de los tiempos[64].