El mundo como voluntad y representacion I
El mundo como voluntad y representacion I Por lo que respecta al contenido de las ciencias en general, este consiste siempre en la relación de los fenómenos del mundo entre sí según el principio de razón y al hilo de un porqué que solo en virtud de él tiene validez y significado. La prueba de aquella relación se llama explicación. Esta no puede, pues, ir más allá de mostrar dos representaciones relacionadas entre sí según la forma del principio de razón dominante en la clase a la que pertenecen. Si lo consigue, no cabe seguir preguntando por qué: pues la relación demostrada es tal que no puede ser representada de otra manera, es decir, es la forma de todo conocimiento. Por eso no preguntamos por qué 2+2=4 o por qué la igualdad de los ángulos del triángulo determina la igualdad de los lados, o por qué a cualquier causa dada sigue su efecto, o por qué a partir de la verdad de las premisas se hace evidente la de la conclusión. Toda explicación que no se retrotraiga a una tal relación de la que no se pueda exigir un ulterior porqué se detiene en la suposición de una qualitas occulta, pero de esta clase son todas las fuerzas naturales originarias. Cualquier explicación de la ciencia natural ha de pararse al final en una de ellas, o sea, en una completa oscuridad: por eso tiene que dejar tan inexplicada la esencia interior de una piedra como la de un hombre; no puede dar mayor cuenta de la gravedad, la cohesión o las propiedades químicas que aquella manifiesta, que del conocimiento y el obrar de este. Así, por ejemplo, la gravedad es una qualitas occulta, ya que puede ser suprimida, de modo que no surge de la forma del conocer como algo necesario: esto ocurre, en cambio, con la ley de inercia, que se sigue de la de causalidad; de ahí que una reducción a ella constituya una explicación completamente satisfactoria. Dos cosas en particular son estrictamente inexplicables, es decir, irreductibles a la relación que el principio de razón expresa: primero, el principio de razón mismo en sus cuatro formas, porque es el principio de toda explicación, solo respecto del cual tiene esta significado; y segundo, aquello a lo que dicho principio no alcanza y de donde surge lo originario de todos los fenómenos: se trata de la cosa en sí, cuyo conocimiento no está sometido al principio de razón. Esta última ha de quedar aquí sin comprender, ya que no podrá ser entendida hasta el libro siguiente en el que retomaremos esta consideración de los posibles resultados de las ciencias. Pero allá donde la ciencia natural y hasta toda ciencia deja las cosas, porque no solo su explicación de las mismas sino incluso el principio de esa explicación, el principio de razón, no va más allá de ese punto, allá la filosofía retoma las cosas y las considera a su manera, totalmente distinta de aquellas. — En el tratado Sobre el principio de razón, § 51 he mostrado cómo en las distintas ciencias el principal hilo conductor lo constituye una u otra forma de aquel principio: de hecho, quizás se pudiera realizar a partir de ahí la más exacta división de las ciencias. Pero, como se dijo, todas las explicaciones ofrecidas según aquella guía son meramente relativas: explican las cosas en su relación unas con otras, pero siempre dejan inexplicado algo que precisamente suponen: por ejemplo, en la matemática, el espacio y el tiempo; en la mecánica, la física y la química, la materia, las cualidades, las fuerzas originarias y las leyes naturales; en la botánica y la zoología, la diversidad de las especies y la vida misma; en la historia, el género humano con todas sus peculiaridades en el pensar y el querer; en todas, en principio de razón en la forma a aplicar en cada caso. — La filosofía tiene la particularidad de que no supone absolutamente nada como sabido, sino que para ella todo es ajeno y problemático en la misma medida, no solo las relaciones de los fenómenos sino estos mismos e incluso el principio de razón, al cual las demás ciencias se contentan con reducirlo todo; mas con esa reducción tampoco se ganaría nada en la filosofía, ya que un miembro de la serie le es tan ajeno como el otro, además de que aquella clase de conexión le resulta tan problemática como lo conectado por ella, y eso tanto después de mostrada la conexión como antes. Pues, como se dijo, precisamente aquello que las ciencias suponen, colocan como fundamento de sus explicaciones y establecen como límite, es lo que constituye el verdadero problema de la filosofía que, en consecuencia, comienza donde terminan las ciencias. Las demostraciones no pueden ser su fundamento, pues infieren proposiciones desconocidas de otras conocidas: mas a ella todo le es igualmente desconocido y ajeno. No puede haber ninguna proposición a consecuencia de la cual existiera el mundo con todos sus fenómenos: por eso no se puede, como pretendió Spinoza, deducir una filosofía demostrativa ex firmis principiis. Además la filosofía es el saber más universal cuyos principios no pueden ser consecuencias de otro más general. El principio de contradicción simplemente constata la concordancia de los conceptos, mas no proporciona conceptos. El principio de razón explica conexiones de los fenómenos, no estos mismos: de ahí que la filosofía no pueda aspirar a buscar una causa efficiens o una causa finalis del mundo en su totalidad. Al menos la presente no investiga en modo alguno de qué o para qué existe el mundo, sino simplemente qué es el mundo. Mas el porqué está aquí subordinado al qué: pues pertenece ya al mundo, puesto que surge exclusivamente por la forma de su fenómeno, el principio de razón, y solo en esa medida tiene significado y validez. Ciertamente, se podría afirmar que cada cual sabe sin ayuda qué es el mundo; porque él mismo es el sujeto del conocimiento cuya representación es el mundo: hasta ahí, también eso sería verdad. Solo que aquel conocimiento es intuitivo, existe in concreto; la tarea de la filosofía es reproducirlo in abstracto, elevar la intuición sucesiva y cambiante, y en general todo lo que el amplio concepto de sentimiento abarca y designa de forma meramente negativa como saber no abstracto y claro, para convertirlo precisamente en tal, en un saber permanente. Por consiguiente, ha de ser una expresión in abstracto de la esencia del mundo en su conjunto, de la totalidad como de todas las partes. Sin embargo, a fin de no perderse en una cantidad infinita de juicios singulares, tiene que servirse de la abstracción y pensar de forma general todas las cosas individuales, como también sus diferencias: por eso en parte separará y en parte unirá, para transmitir al saber todo lo diverso del mundo en general, según su esencia y resumido en unos pocos conceptos abstractos. Pero con aquellos conceptos en los que ella fija la esencia del mundo ha de conocerse no solo lo universal sino también lo individual, teniendo que vincularse así con la mayor exactitud el conocimiento de ambos: por eso la capacidad para la filosofía consiste precisamente en aquello en lo que la asentó Platón: en conocer lo uno en lo múltiple y lo múltiple en lo uno. Por consiguiente, la filosofía será una suma de juicios muy generales cuya razón cognoscitiva inmediata es el mundo mismo en su conjunto, sin exclusión de nada: es decir, todo lo que se encuentra en la conciencia humana: será una completa repetición, algo así como una reproducción del mundo en conceptos abstractos, que solo es posible mediante la unión de lo esencialmente idéntico en un concepto y la separación de lo diferente en otro. Esa tarea se la fijó ya Bacon de Verulam a la filosofía, al decir: ea demum vera est philosophia, quae mundi ipsius voces fidelissime reddit, et veluti dictante mundo conscripta est, et nihil aliud est, quam ejusdem simulacrum et reflectio, neque addit quidquam de proprio, sed tantum iterat et resonat (De augm. scient., libro 2, cap. 13)[85]. No obstante, nosotros lo tomamos en un sentido más amplio de lo que Bacon pudo jamás pensar.