Parerga y paralipomena II

Parerga y paralipomena II

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Toda esta consideración nos ofrece una explicación y una fundamentación objetiva de la doctrina kantiana, fundamentada por su autor únicamente desde el lado subjetivo, según la cual las formas del entendimiento son de uso meramente inmanente y no trascendente. En vez de eso se podría decir también: el intelecto es físico, no metafísico: es decir, así como ha brotado de la voluntad y pertenece a su objetivación, también existe únicamente para su servicio: mas este concierne solamente a las cosas en la naturaleza y no a algo que se encuentra más allá de esta. Tal y como he expuesto y justificado en La voluntad en la naturaleza, todo animal tiene su intelecto con el único fin de que pueda encontrar y lograr su alimento; y conforme a ello está también determinada la medida de aquel. No de otro modo ocurre con el hombre; solo que la mayor dificultad de su conservación y la infinita posibilidad de multiplicación de sus necesidades han hecho necesaria aquí una medida mucho mayor de intelecto. Solamente cuando esta es excedida debido a una anomalía, se presenta un sobrante totalmente libre de servicio que cuando es considerable se denomina genio. De ese modo se hace tal intelecto verdaderamente objetivo: pero la cosa puede llegar al punto de que se vuelva en un cierto grado metafísico o al menos aspire a serlo. Pues, precisamente a consecuencia de su objetividad, la naturaleza misma, la totalidad de las cosas, se convierte ahora en su objeto y su problema. En efecto, en él la naturaleza comienza a percibirse a sí misma como algo que es y, sin embargo, también podría no ser, o bien ser de otra manera; mientras que en el habitual intelecto normal la naturaleza no se percibe con claridad, del 104 mismo modo que el molinero no oye su molino o el perfumista no huele sus cofres. Le parece que la naturaleza se entiende por sí misma: está sumido en ella. Solo en algunos momentos de claridad se percata de ella y casi se asusta por eso: pero se pasa pronto. En consecuencia, enseguida se puede alcanzar a ver lo que tales mentes normales pueden dar de sí en la filosofía, aun cuando se reúnan en masa. Si, por el contrario, el intelecto fuera metafísico en su origen y en su destino, podrían, en especial reuniendo sus fuerzas, promover la filosofía como cualquier otra ciencia.


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