Parerga y paralipomena II
Parerga y paralipomena II Por consiguiente, el presunto gran avance que hay del teísmo al panteísmo, si se lo toma en serio y no como una negación enmascarada según antes se indicó, es un tránsito desde lo indemostrado y difícilmente pensable a lo directamente absurdo. Pues por muy oscuro, oscilante y confuso que sea el concepto con el que se vincula la palabra «Dios», dos predicados son inseparables de él: el poder supremo y la suma sabiduría. Que un ser dotado de ellos hubiera de ponerse a sí mismo en la situación antes descrita es directamente una idea absurda: pues está claro que nuestra situación en el mundo es tal que ningún ser inteligente, por no hablar de uno omnisciente, se pondría en ella. — El panteísmo es necesariamente optimismo y, por lo tanto, falso. El teísmo, en cambio, es algo simplemente indemostrado; y aunque resulte difícil pensar que el mundo infinito es obra de un ser personal y por lo tanto individual, del tipo que conocemos únicamente a partir de la naturaleza animal, no es directamente absurdo. Pues podemos pensar que un ser todopoderoso y omnisciente haya creado un mundo atormentado, aunque no podamos conocer el porqué: por eso, incluso si le seguimos atribuyendo la cualidad de la suprema bondad, el carácter inexplicable de su decisión se convierte en el pretexto por el que tal doctrina evita aún que se la tache de absurda. Pero en el supuesto del panteísmo, el mismo Dios creador es el infinitamente atormentado y el que, solamente en esta pequeña Tierra, muere una vez a cada segundo; y lo es por libre decisión: eso es absurdo. Mucho más correcto sería identificar el mundo con el diablo: de hecho, eso ha hecho el venerable autor de la Teología alemana cuando, en la p. 93 de su inmortal obra (según el texto modernizado, Stuttgart, 1851), dice: «Por eso el espíritu malvado y la naturaleza son lo mismo, y cuando no se ha superado la naturaleza, tampoco se ha superado el malvado enemigo[137]».