Parerga y paralipomena II

Parerga y paralipomena II

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En la mencionada reducción de las combinaciones químicas a amalgamas de átomos muy sutiles encuentra su satisfacción la manía e idea fija de los franceses de reducirlo todo a procesos mecánicos; pero no la verdad, en cuyo interés recuerdo más bien la sentencia de Oken (Sobre la luz y el calor, p. 9) de que «nada, absolutamente nada en el universo que sea un fenómeno del mundo está mediado por principios mecánicos». En el fondo no hay más que un modo de acción mecánica, consistente en el intento de un cuerpo de penetrar en el espacio ocupado por otro: a eso se reducen tanto la presión como el choque, que se distinguen simplemente por el carácter paulatino o repentino, si bien con el último la fuerza se hace «viva». Así pues, en eso se basa todo lo que la mecánica ofrece. La tracción es solo aparente: por ejemplo, la cuerda con la que se tira de un cuerpo lo empuja, es decir, lo oprime desde atrás. Pero con eso quieren ellos explicar toda la naturaleza: la acción de la luz sobre la retina debe consistir en choques mecánicos más lentos o más rápidos. Con ese fin han imaginado un éter que debe chocar, cuando sin embargo ven que, hasta en la tempestad más violenta que todo lo dobla, el rayo de luz se mantiene tan inmóvil como un fantasma. Los alemanes harían bien en liberarse de la elogiada experiencia y su trabajo lo suficiente como para estudiar los Principios metafísicas de la ciencia natural de Kant, a fin de poner orden no solo en el laboratorio sino también en la cabeza. Como consecuencia de su materia, la física se topa con gran frecuencia y de forma inevitable con problemas metafísicos; y entonces nuestros físicos, que no conocen más que sus juguetes electrizados, sus pilas voltaicas y sus ancas de rana[144], revelan una ignorancia e incultura crasas y hasta pedestres en cuestiones de filosofía (de la que se llaman doctores), así como la desfachatez que casi siempre acompaña a la ignorancia, y en virtud de la cual filosofan a la buena de Dios sobre problemas que ocupan a los filósofos desde milenios (como la materia, el movimiento o el cambio), igual que rudos campesinos; por eso no merecen más contestación que el epigrama:


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