Parerga y paralipomena II
Parerga y paralipomena II Un objeto de especial asombro teleológico es la oblicuidad de la eclíptica; porque, en efecto, sin ella no se produciría ningún cambio de estaciones sino que sobre la Tierra dominaría una primavera perpetua, con lo que los frutos nunca podrían madurar ni desarrollarse y, por lo tanto, la Tierra sería inhabitable hasta la cercanía de los Polos. De ahí que en la oblicuidad de la eclíptica los fisicoteólogos vean la más sabia de todas las disposiciones, y los materialistas, la más feliz de todas las casualidades. No obstante, esta admiración con la que se entusiasma en especial Herder (Ideas para la filosofía de la historia I, 4) es, vista de cerca, un poco simple. Pues, si como se ha dicho dominase una eterna primavera, el mundo de las plantas no habría dejado de adaptarse conforme a su naturaleza, de modo que le resultaría adecuado un calor menos intenso pero sostenido y regular; del mismo modo que la flora ahora fósil de los tiempos pasados se había adaptado a una condición del planeta totalmente distinta, al margen de cómo se hubiera producido, y se desarrolló maravillosamente.