Parerga y paralipomena II

Parerga y paralipomena II

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Si los planetas no fueran partes que quedaron del entonces tan grande cuerpo central, sino que han surgido por otra vía y cada uno por sí mismo, entonces, no se podría concebir cómo cada planeta ha llegado a estar exactamente donde según las dos últimas leyes de Kepler tiene que estar, si es que no ha de caer en el Sol o salir despedido de él, de acuerdo con las leyes newtonianas de la gravitación y la fuerza centrífuga. En eso se basa prioritariamente la verdad de la cosmogonía de Kant-Laplace. En efecto, si consideramos con Newton la circulación de los planetas como el producto de la gravitación y una fuerza centrífuga que los contrae, entonces, tomando como dada y fija la fuerza centrífuga existente en cada planeta, no hay para él más que una sola posición en la que su gravitación mantiene un exacto equilibrio con ella y, por consiguiente, se mantiene en su órbita. Por eso tiene que haber sido una y la misma causa la que dio a cada planeta su posición y al mismo tiempo su velocidad. Si aproximamos un planeta al Sol, tendrá que acelerar tanto más su curso, y por lo tanto recibir también mayor fuerza centrífuga, si no ha de caer en él: si lo alejamos del Sol, en la misma medida en que así disminuya su gravitación tendrá que disminuir su fuerza centrífuga para no salir volando. La posición de un planeta podría, pues, estar en cualquier parte siempre que hubiera una causa que le proporcionara la exacta fuerza centrífuga adecuada a cada posición, en concreto, la que mantuviera el equilibrio exacto con la gravitación que allí actuase. Dado que encontramos que cada planeta tiene realmente la velocidad que se requiere en el lugar donde está, eso solo se puede explicar porque la misma causa que le otorgó su posición ha determinado también el grado de su velocidad. Mas eso solo es concebible a partir de la cosmogonía de la que hablamos; pues según ella el cuerpo central se comprimió a intervalos y dejó así un anillo que después se aglomeró para formar los planetas; con lo cual, de acuerdo con la segunda y la tercera ley de Kepler, después de cada compresión el cuerpo central tuvo que acelerar considerablemente su rotación, y en la siguiente y sucesivas compresiones dejó la velocidad así determinada al planeta que ahí se formó. Pudo depositarlo en cualquier parte de su esfera: pues siempre el planeta recibe exactamente la fuerza centrífuga adecuada a ese y a ningún otro lugar, fuerza que resulta tanto mayor cuanto más cerca del cuerpo central está ese lugar y con más intensidad, por tanto, actúa la gravitación que lo atrae hacia él y que su fuerza centrífuga tiene que contrarrestar: porque también la velocidad de rotación del cuerpo que depositó sucesivamente los planetas se había incrementado exactamente en la medida requerida. — Por lo demás, al que quiera ver sensiblemente representada esa necesaria aceleración de la rotación como consecuencia de la compresión, se lo ofrecerá de forma amena una gran rueda pirotécnica que arde girando en espiral y que al principio va lenta pero luego, a medida que se hace más pequeña, rota a velocidad cada vez mayor.


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