Parerga y paralipomena II

Parerga y paralipomena II

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Como el color oscuro, también la alimentación vegetal es la natural al hombre. Pero al igual que a aquel, también a esta se mantiene fiel exclusivamente en el trópico. Cuando se diseminó por las zonas frías, tuvo que contraponerse al clima antinatural a él con una alimentación también antinatural. En el Norte no se puede subsistir sin alimentos cárnicos: me han dicho que ya en Copenhague se considera que una condena de seis semanas a pan y agua supone un peligro vital si se la cumple en el sentido más estricto y sin excepción. Así pues, el hombre se ha vuelto al mismo tiempo blanco y carnívoro. Pero precisamente por eso, como también por la vestimenta más consistente, ha adoptado una cierta índole impura y repulsiva que no poseen otros animales, al menos en su estado de naturaleza, y que él ha de contrarrestar con una limpieza especial y constante a fin de no resultar repugnante; tal cosa solo compete a la clase pudiente que vive con comodidad, y a la que por eso en italiano se la llama acertadamente gente pulita. Otra consecuencia de la vestimenta más consistente es que, mientras que todos los animales cuando están en su figura, envoltura y color naturales ofrecen una vista natural, agradable y estética, el hombre, en su variada vestimenta, a menudo rara y extravagante, pero con frecuencia también miserable y mezquina, anda entre ellos como una caricatura; una figura que no concuerda con el conjunto, que no cuadra dentro del él, porque no es como todos los demás obra de la naturaleza sino de un sastre, de modo que representa una impertinente interrupción de la totalidad armónica del mundo. El noble sentido y gusto de los antiguos intentó mitigar ese inconveniente haciendo que la ropa fuese lo más ligera posible y estuviera confeccionada de tal modo que no se ciñera mucho confundiéndose con el cuerpo, sino que permaneciera diferenciada como algo extraño y permitiera reconocer con la mayor claridad posible la figura humana en sus distintas partes. Por culpa de la sensibilidad opuesta, la ropa de la Edad Media y de la Epoca Moderna es de mal gusto, bárbara y repulsiva. Pero lo más repulsivo es la vestimenta actual de las mujeres, llamadas damas, que imitando el mal gusto de sus tatarabuelas ofrece la mayor deformación posible de la figura humana, y aún más bajo el bagaje del miriñaque, que iguala su anchura a su altura y permite una acumulación de sucias evaporaciones, con lo que no son solo feas y repulsivas sino malolientes[180].


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