Parerga y paralipomena II

Parerga y paralipomena II

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Dado que el cerebro está formado por una multitud de delicados pliegues y manojos separados por innumerables intersticios, y además contiene serosidad en sus cavidades, el peso ha de causar que todas aquellas partes delicadas se doblen y opriman unas a otras, cosa que ocurrirá de muy distintas formas según las diferentes posiciones de la cabeza; esto no lo puede eliminar por completo el turgor vitalis[189]. Ciertamente, la dura mater[190] previene la presión recíproca de las grandes masas (según Magendie, Physiol, vol. I, p. 179, y Hemp el [Elementos de anatomía, 1801], 768, 775), insertándose entre ellas y formando así el falx cerebri y el tentorium cerebelli[191]; pero pasa por alto las partes más pequeñas. Supongamos que las operaciones del pensamiento están vinculadas a movimientos reales, aunque pequeños, de la masa cerebral; entonces, debido a la presión recíproca de las partes más pequeñas, el influjo de la posición tendría que ser muy grande y manifiesto. Mas el que no lo sea demuestra que el proceso no se realiza de forma directamente mecánica. No obstante, la posición de la cabeza no puede ser indiferente, ya que de ella depende, no solo aquella presión mutua de las partes cerebrales, sino también el mayor o menor aflujo de sangre, que es en todo caso eficaz. Yo he descubierto realmente que, cuando me afanaba en vano por traer algo a la memoria, lo lograba acto seguido con un drástico cambio de postura. Me parece que la posición más ventajosa para el pensamiento en general es aquella en la que la basis encephali se coloca totalmente horizontal. Por eso, cuando reflexionamos profundamente inclinamos la cabeza hacia delante —y en los grandes pensadores, por ejemplo, Kant, esa postura llegó a hacerse habitual, cosa que también refiere de sí mismo Kardanus (Vanini Amphith., p. 269)—; sin embargo, esto puede atribuirse también, hipotéticamente y en parte, al peso anómalamente mayor de su cerebro y, en especial, al excesivo predominio de la mitad delantera (la que se encuentra delante del foramen occipitalis) sobre la trasera, dentro de una inusual delgadez de la médula espinal y, por ende, también de las vértebras. Esto último no se da en las cabezas grandes que son a la vez idiotas; de ahí que estas tengan la nariz muy alta: además, las cabezas de esa clase se delatan por sus huesos craneales visiblemente gruesos y masivos, a consecuencia de los cuales el espacio cerebral resulta muy pequeño pese al grosor de la cabeza. Existe realmente una cierta elevación de la cabeza con una columna vertebral muy recta, que aun sin reflexión ni conocimiento previo sentimos inmediatamente como un rasgo fisonómico de estupidez; probablemente porque se debe a que la mitad cerebral posterior mantiene realmente el equilibrio con la anterior, cuando no la sobrepasa. Así como la posición de la cabeza inclinada hacia delante parece ser favorable a la reflexión, la opuesta, es decir, la cabeza erguida e incluso echada atrás, mirando hacia arriba, parece favorecer el esfuerzo momentáneo de la memoria, ya que quienes tratan de recordar algo adoptan a menudo esa postura, y 183 con éxito. — También viene aquí al caso que los perros muy listos, que como es sabido entienden una parte del lenguaje humano, cuando su amo les habla y ellos se esfuerzan en extraer el sentido de sus palabras, ponen la cabeza hacia uno y otro lado, lo cual les da un aire sumamente inteligente y divertido.


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