Parerga y paralipomena II

Parerga y paralipomena II

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§ 99

Me resulta muy convincente la opinión de que las enfermedades agudas, prescindiendo de algunas excepciones, no son sino procesos curativos que introduce la naturaleza misma para subsanar algún desorden que se ha implantado en el organismo; con ese fin, la vis naturae medicatrix, revestida de poder dictatorial, adopta medidas extraordinarias que constituyen la enfermedad observable. El prototipo más simple de ese proceso tan general nos lo ofrece el resfriado. Con el enfriamiento se paraliza la actividad de la epidermis, suprimiéndose así la potente excreción a través de la exhalación, lo cual podría llevar a la muerte del individuo. Enseguida la parte interna de la piel, la mucosa, comienza a reemplazar a aquella parte externa: en eso consiste el resfriado, una enfermedad: pero está claro que ese es el simple medio de curar el mal verdadero pero no perceptible: la interrupción de la función de la piel. Esa enfermedad, el resfriado, recorre los mismos estadios que cualquier otra: irrupción, intensificación, acmé y retroceso: aguda al principio, se va haciendo crónica poco a poco y continúa así hasta que el mal fundamental no perceptible él mismo —la paralización de la función de la piel— ha desaparecido. De ahí que hacer desaparecer el resfriado suponga un riesgo vital. El mismo proceso constituye la esencia de la mayoría de las enfermedades, que no son en realidad más que el medicamento de la vis naturae medicatrix[192]. A ese proceso se opone con todas sus fuerzas la alopatía o enantiopatía[193]: la homeopatía, por su parte, trata de acelerarlo o reforzarlo, a no ser que al caricaturizarlo quite a la naturaleza el gusto por él; en todo caso, el propósito es acelerar la reacción que siempre sigue a todo exceso y a toda parcialidad. Ambos métodos pretenden saber más que la naturaleza misma, que sin embargo conoce con certeza tanto la medida como la orientación de sus métodos curativos. — De ahí que sea mucho más recomendable la fisiatría en todos los casos que no se incluyen dentro de las excepciones mencionadas. Solamente son completas aquellas curaciones que lleva a cabo la naturaleza misma por sus propios medios. También aquí vale el tout ce qui n’est pas naturel est imparfait[194]. La mayor parte de los medios curativos de los médicos están dirigidos contra los síntomas, que se toman por el mal mismo; por eso después de una curación así nos sentimos indispuestos. En cambio, con solo darle tiempo a la naturaleza, ella misma logra poco a poco la curación; y después nos encontramos mejor que antes de la enfermedad; o, si era una sola parte la afectada, se fortalece. Esto puede observarse cómodamente y sin peligro en los males leves que con frecuencia nos aquejan. Admito que hay excepciones, es decir, casos en los que el médico puede ayudar: en concreto, la sífilis es el triunfo de la medicina. Pero la gran mayoría de las curaciones son obra exclusiva de la naturaleza por las cuales el médico se embolsa el pago, — incluso aunque se hayan logrado a pesar de sus esfuerzos; y mal le iría a la fama y los honorarios de los médicos si la inferencia cum hoc, ergo propter hoc[195] no fuera de uso tan común. Los buenos clientes de los médicos consideran su cuerpo un reloj u otra clase de máquina tal que, cuando algo en ella cae en desorden, solo puede ser restablecida si el mecánico la repara. Pero no es así: el cuerpo es una máquina que se repara a sí misma: la mayoría de los desórdenes grandes y pequeños que se producen en ella desaparecen por sí mismos después de un tiempo más o menos largo, gracias a la vis naturae medicatrix. Así que dejemos libertad a esta y peu de médecins, peu de médecine. — Sed est medicus consolatio animi[196].


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