Parerga y paralipomena II

Parerga y paralipomena II

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Quien se propone descubrir la causa de un efecto dado, si obra con reflexión comenzará por investigar en su integridad el efecto mismo: porque los datos para descubrir la causa únicamente pueden extraerse de él, y solo él proporciona la orientación y la guía para descubrir la causa. No obstante, ninguno de los que han formulado teorías de los colores antes de mí ha hecho eso. Newton no es el único que ha pasado a buscar la causa sin haber conocido con exactitud el efecto a explicar, sino que también sus predecesores hicieron lo mismo; y ni siquiera Goethe, que por supuesto ha investigado y explicado mucho más que los otros el efecto, el fenómeno dado, es decir, la sensación en el ojo, ha avanzado en ello lo suficiente; porque en otro caso tendría que haber caído en la cuenta de mis verdades, que son la raíz de toda teoría de los colores y contienen el fundamento de la suya. Así que no puedo exceptuarlo a él cuando digo que todos los que me han precedido, desde los tiempos más antiguos hasta los más recientes, únicamente se han preocupado de investigar qué modificación tiene que sufrir bien la superficie del cuerpo o bien la luz, sea por la descomposición en sus elementos, el enturbiamiento o cualquier otro oscurecimiento, para mostrar color, es decir, para provocar en nuestro ojo aquella sensación totalmente peculiar y específica que no se puede definir de ninguna manera sino solo mostrar sensiblemente. Pero es evidente que el camino metódico y adecuado no es ese, sino el dirigirse ante todo a esa sensación a fin de ver si de su naturaleza próxima y la legalidad de sus fenómenos se puede extraer lo que fisiológicamente acontece ahí. Pues así se posee antes que nada un conocimiento profundo y exacto del efecto, es decir, de lo dado, que en todo caso puede también proporcionar datos para investigar la causa que se busca: en este caso, el estímulo externo que al actuar sobre nuestro ojo suscita aquel proceso fisiológico. En efecto, para cualquier modificación posible de un efecto dado ha de poder mostrarse una modificabilidad de su causa que se corresponda exactamente con ella; además, cuando las modificaciones del efecto no muestran unos límites nítidos entre unas y otras, tampoco pueden estar definidos tales límites en la causa, sino que en ella se ha de dar el mismo tránsito progresivo; por último, cuando el efecto muestra contradicciones, es decir, permite una total inversión de su naturaleza, las condiciones para ello se han de encontrar en la naturaleza de la causa supuesta. La aplicación de esos principios generales a la teoría de los colores es fácil de hacer. Todo el que esté familiarizado con el estado de la cuestión comprenderá enseguida que mi teoría, que considera el color solamente en sí mismo, es decir, como una sensación ocular específicamente dada, ofrece ya datos a priori para enjuiciar las teorías de Newton y Goethe acerca del aspecto objetivo del color, esto es, de las causas externas que provocan tal sensación en el ojo: pero al investigar el asunto más de cerca encontrará que desde el punto de vista de mi teoría todo habla en favor de la de Goethe y en contra de la de Newton.


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