Parerga y paralipomena II

Parerga y paralipomena II

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En esa naturaleza esencialmente subjetiva del color se basa también en último término la fácil alterabilidad de los colores químicos, que a veces llega al punto de que una alteración total del color corresponde simplemente a un cambio manifiestamente nimio, o incluso ni siquiera demostrable, en las propiedades del objeto al que es inherente. Así, por ejemplo, el cinabrio que se obtiene mezclando mercurio con azufre es negro (exactamente igual que una combinación semejante de plomo con azufre): solo después de haber sido sublimado adopta su conocido color rojo fuego; y sin embargo, no se puede demostrar que con esa sublimación haya un cambio químico. Con el simple calentamiento el óxido mercúrico rojo se vuelve marrón oscuro y el mercurio nitroso amarillo se pone rojo. Un conocido cosmético chino viene preparado en pequeños trozos de engrudo y entonces es verde oscuro: al tocarlo con el dedo humedecido se vuelve instantáneamente de color rojo intenso. Incluso el enrojecimiento del cangrejo al cocerlo viene aquí al caso; también la transformación del verde de algunas hojas en rojo con la primera helada, así como el enrojecimiento de la manzana por el lado en que la baña el sol, que se pretende atribuir a una intensa desoxidación de ese lado; asimismo, el hecho de que algunas plantas tengan el tallo y todo el armazón de la hoja de color rojo vivo y sin embargo tengan el parénquima verde; y, en general, la policromía de algunas hojas de flores. En otros casos podemos demostrar que la diferencia química indicada por el color es muy pequeña: por ejemplo, cuando la tintura de tornasol o el jugo de violeta cambian su color por el más leve indicio de oxidación o alcalización. En todo eso vemos que el ojo es el reactivo más sensible en sentido químico; pues nos da a conocer al instante, no solo las mínimas alteraciones demostrables, sino incluso las de la mezcla, que ningún otro reactivo indica. En esa incomparable sensibilidad del ojo se basa en general la posibilidad de los colores químicos, que en sí misma está aún totalmente inexplicada, mientras que de los físicos hemos alcanzado ya una correcta comprensión gracias a Goethe, pese a que la dificultó el avance de la falsa teoría de Newton. Los colores físicos son a los químicos exactamente lo que el magnetismo provocado por el aparato galvánico, y en esa medida comprensible en su causa próxima, al fijado en el acero y en el mineral de hierro. Aquel ofrece un magneto temporal que se mantiene exclusivamente mediante una complicación de circunstancias y cesa en cuanto estas desaparecen: este, en cambio, es inherente a un cuerpo, inalterable e inexplicado hasta el momento. Está conjurado, igual que un príncipe encantado: lo mismo vale de los colores químicos de un cuerpo.


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