Parerga y paralipomena II

Parerga y paralipomena II

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Pero quizá el valor admitiera una forma de consideración superior. En efecto, podríamos reducir todo miedo a la muerte a una carencia de aquella metafísica natural, y por eso también meramente sentida, en virtud de la cual el hombre lleva en sí la certeza de que existe en todos y en todo igual que en su propia persona, cuya muerte, por lo tanto, poco le puede afectar. Precisamente de esa certeza nacería, en cambio, el valor heroico que, por consiguiente, (como recordará el lector por mi ética), mana de la misma fuente que las virtudes de la justicia y la caridad. Esto significa, desde luego, tomar el asunto desde muy arriba: pero de otro modo no se puede explicar por qué la cobardía parece despreciable y el valor personal, en cambio, noble y sublime; porque desde ningún punto de vista inferior se puede ver por qué un individuo finito que es él mismo todo, que es incluso la condición fundamental para la existencia del resto del mundo, no debiera posponer todo lo demás a la conservación de ese yo. De ahí que una explicación inmanente, es decir, puramente empírica, no sea suficiente al no poder basarse en nada más que la utilidad del valor. Puede que ahí haya tenido su origen el hecho de que Calderón exprese en una ocasión una opinión escéptica pero digna de atención acerca del valor, y de hecho niegue su realidad; y lo hace, por cierto, en boca de un viejo y sabio ministro frente a su joven rey.

Que aunque el natural temor


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