Parerga y paralipomena II
Parerga y paralipomena II A.— El vicio no es la avaricia sino su contrario, el derroche. Este nace de una animal limitación al presente frente a la cual el futuro, consistente aún en meros pensamientos, no puede lograr poder alguno; además se basa en la ilusión de un valor positivo y real de los placeres sensibles. En consecuencia, la carencia y la miseria futuras son el precio que el derrochador paga por esos placeres vacÃos, efÃmeros y con frecuencia meramente imaginados, o por deleitar su huera y descerebrada vanidad con las reverencias de sus parásitos, que se rÃen calladamente de él, y con la admiración del pueblo y la envidia de su esplendor. Por esa razón debemos huir de él como de un apestado y, una vez hayamos descubierto su vicio, romper con él a tiempo; ello, para que cuando más tarde surjan las consecuencias, no tengamos que ayudarle a soportarlas o desempeñar el papel de los amigos de Timón de Atenas[218]. — Igualmente, no es de esperar que quien despilfarra su patrimonio con ligereza dejará intacto el ajeno si acaso cae en sus manos; sino que sni profusus, alieni appetens[219], ha resumido con gran acierto Salustio (Cat il. c. 5). De ahà que el derroche no conduzca solamente a la pobreza sino, a través de esta, al crimen: los criminales de las clases pudientes han llegado a serlo casi todos como consecuencia del derroche. Con razón dice el Corán (sura 17, v. 29): «Los derrochadores son hermanos de Satán». (Véase Sadi, [Gnllistan] traducido por Graf, p. 254.) — En cambio, la avaricia tiene por consecuencia la abundancia: ¿y cuándo no ha sido esta deseada? Mas ha de ser un buen vicio aquel que tiene buenas consecuencias. En efecto, la avaricia parte del correcto principio de que todos los placeres actúan de forma meramente negativa y, por lo tanto, una felicidad construida sobre ellos es una quimera; y que, en cambio, los dolores son positivos y muy reales. Por eso renuncia a aquellos para preservarse tanto mejor de estos: y asà el sustine et abstine[220] se convierte en su máxima. Y dado que además ella sabe cuán inagotables son las posibilidades de la desgracia e innumerables los caminos del peligro, hace acopio de medios en su contra para, en la medida de lo posible, rodearse de un triple muro. ¿Quién puede entonces decir dónde empieza a ser excesiva la prevención de las desgracias? Unicamente aquel que supo dónde alcanza su fin la perfidia del destino. E incluso aunque la prevención fuera excesiva, ese error perjudicarÃa a lo sumo al avaro mismo, no a los demás. Si nunca llega a necesitar las riquezas de que dispone, estas redundarán alguna vez en beneficio de otros a los que la naturaleza les ha otorgado menos prevención. El hecho de que hasta entonces saque el dinero de la circulación no conlleva ningún perjuicio: pues el dinero no es un artÃculo de consumo; es un mero representante de los bienes reales y útiles, pero no uno de ellos. Los ducados son en el fondo simples fichas: no tienen valor ellos mismos sino lo que representan: mas eso último no puede sacarlo de la circulación. Además, al retener el dinero incrementa otro tanto el valor del restante dinero en circulación. — Aun cuando, como se suele decir, algunos avaros terminen amando el dinero inmediatamente y por sà mismo, también es igual de cierto que algunos derrochadores aman el gasto y el despilfarro por sà mismos. — Pero la amistad o el parentesco con el avaro no solo es inocuo sino provechoso, ya que puede reportar grandes ventajas. Pues en todo caso tras su muerte sus afines cosecharán los frutos de su autodominio: y todavÃa en vida se puede esperar algo de él en casos de gran necesidad, como mÃnimo más que del explotado despilfarrador, él mismo endeudado y carente de recursos. Mas da el duro, que el desnudo, dice un refrán español[221]. En conformidad con todo ello, la avaricia no es un vicio.