Parerga y paralipomena II

Parerga y paralipomena II

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B.— ¡Es la quintaesencia del vicio! — Si los placeres físicos desvían al hombre del camino recto, la culpa la tiene su naturaleza sensible, la parte animal en él. Es arrastrado por el estímulo y actúa dominado por la impresión del presente, sin reflexión. — En cambio, cuando debido a la debilidad corporal o a la edad ha llegado al punto en que finalmente le abandona el vicio que él nunca pudo abandonar, al extinguirse su capacidad para los placeres sensibles, entonces, si se inclina a la avaricia, la avidez espiritual sobrevive a la carnal. El dinero, que en cuanto representante de todos los bienes del mundo es el abstractum de los mismos, se convierte ahora en el seco tronco al que se prenden, en forma de egoísmo in abstracto, sus deseos extinguidos. Estos se regeneran entonces en el amor al dios Dinero. De los efímeros deseos sensibles ha nacido una avidez de dinero reflexiva y calculada que, como su objeto, es de naturaleza simbólica y, al igual que él, indestructible. Es el persistente amor a los placeres del mundo que, por así decirlo, se sobrevive a sí mismo, la completa ausencia de conversión, la sensualidad sublimada y espiritualizada, el foco abstracto en el que confluyen todos los apetitos y que es a ellos lo que el concepto general a la cosa individual: conforme a esto, la avaricia es el vicio de la vejez como el derroche es el de la juventud.



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