Parerga y paralipomena II

Parerga y paralipomena II

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Los reyes constitucionales tienen un innegable parecido con los dioses de Epicuro, que viven en su cielo en una imperturbable dicha y tranquilidad, sin mezclarse en los asuntos de los hombres. Pero ahora se han puesto de moda, y en el dominio de cada príncipe alemán de tres al cuarto se desarrolla una parodia completa de la Constitución inglesa, con Cámara de los Lores y Cámara de los Comunes, llegando hasta el acta de babeas corpus y el jurado. Esas formas, que han nacido del carácter y circunstancias ingleses y suponen ambos, son acordes y naturales al pueblo inglés: pero también es natural al pueblo alemán estar dividido en muchos linajes sometidos a otros tantos príncipes realmente reinantes, con un emperador por encima de todos que mantiene la paz dentro de su territorio y representa la unidad del Imperio ante el exterior; porque eso ha nacido de su carácter y sus circunstancias. Opino que si Alemania no quiere enfrentarse al mismo destino que Italia, ha de restablecer, y con la mayor efectividad posible, la dignidad imperial abolida por su enemigo mortal: el primer Bonaparte. Pues de ella depende la unidad alemana y, sin ella, esta será siempre meramente nominal o precaria. Pero dado que no estamos ya en tiempos de Günther de Schwarzburg[266], en los que la elección del emperador se hacía en serio, la corona imperial debería pasar alternativamente a Austria y Prusia de forma vitalicia. La soberanía absoluta de los pequeños estados es en todo caso ilusoria. Napoleón I ha hecho con Alemania exactamente lo mismo que hizo Otón el Grande con Italia (véase Annotazione alia Secchia rapita[267]): dividirla en muchos Estados pequeños e independientes, de acuerdo con el principio divide et impera. — Los ingleses muestran también su gran inteligencia al considerar inamovibles y sagradas sus antiguas instituciones, costumbres y usos, aun a riesgo de llevar esa tenacidad demasiado lejos y hasta el ridículo; porque aquellas cosas no las inventa una mente ociosa sino que van resultando poco a poco del poder de las circunstancias y la sabiduría de la vida; y de ahí que les resulten adecuadas a ellos como nación. En cambio, el Miguel alemán[268] se ha dejado convencer por su maestro de que tiene que vestir un frac inglés; no conviene que sea de otra manera: así que lo ha conseguido de papá y ahora tiene un aspecto bastante ridículo con sus torpes maneras y su desmañado ser. Pero el frac le va a apretar e incomodar mucho, y en primer término debido al jurado que, procedente de la más ruda Edad Media inglesa, de los tiempos de Alfredo el Grande, cuando el saber leer y escribir eximía a un hombre de la pena de muerte[269], es el peor de todos los tribunales criminales. En efecto, en vez de jueces eruditos y expertos que han encanecido desenredando a diario las intrigas y tretas ensayadas por ladrones, asesinos y bribones, y así han aprendido a seguir la pista a las cosas, ahora se sientan en el tribunal el compadre sastre y el guantero: con su inteligencia torpe, ruda, inexperta, obtusa y ni siquiera acostumbrada a mantener la atención, han de descubrir la verdad entre los engañosos velos del fraude y la apariencia, al mismo tiempo que además piensan en su paño y su piel, y anhelan volver a casa; pero además no tienen una idea clara de la diferencia entre probabilidad y certeza, sino que más bien forman en su torpe cabeza una especie de calculus probabilium con el que confiadamente doblan la vara de la justicia acerca de la vida de los demás. Se les puede aplicar lo que Samuel Johnson dijo acerca de un consejo de guerra convocado en relación con un asunto importante y en el que confiaba poco: que quizás ni uno solo de los que lo formaban hubiera dedicado una hora de su vida a ponderar probabilidades por sí solo. (Boswell, Life of Johnson, a. 1780 aetat. 71). ¡Pero ellos —se piensa— son tan imparciales! — ¿El malignum vulgus? Como si no se hubiera de temer diez veces más parcialidad de los que tienen el mismo nivel social del acusado que de los jueces totalmente ajenos a él, que viven en otras regiones, que no pueden ser destituidos y son conscientes de la dignidad de su cargo. Pero dejar que un jurado juzgue los delitos contra el Estado y su jefe, así como los delitos de prensa, significa en realidad poner a la cabra a cuidar del jardín.


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