Parerga y paralipomena II

Parerga y paralipomena II

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Hay que leer Selina de Jean Paul para ver cómo un espíritu eminente pelea con los absurdos que se le imponen acerca de una falsa idea a la que no quiere renunciar porque está apegado a ella de corazón, pese a que se encuentra siempre inquieto por las incongruencias que no puede digerir. Se trata de la idea de la permanencia individual de toda nuestra conciencia personal después de la muerte. Precisamente aquella lucha y agonía de Jean Paul demuestra que semejantes ideas compuestas de elementos falsos y verdaderos no son, como se dice, errores provechosos sino claramente nocivos. Pues no solo la falsa contraposición de alma y cuerpo, sino también la elevación de la personalidad total a cosa en sí que debe subsistir eternamente, hacen imposible el verdadero conocimiento —basado en la oposición entre fenómeno y cosa en sí— del carácter indestructible de nuestro ser verdadero, en cuanto algo a lo que no afecta el tiempo, la causalidad y el cambio; pero no solo eso, sino que además aquella falsa idea no puede ni siquiera mantenerse como sustituía de la verdad, ya que la razón se indigna una y otra vez con el absurdo que yace en ella, pero con él ha de abandonar también la parte de verdad que lleva amalgamada. Pues la verdad no puede mantenerse a la larga más que en su pureza: mezclada con el error, participa de su caducidad, al igual que el granito se desmorona cuando se erosiona su feldespato, aunque el cuarzo y la mica no estén sometidos a tal erosión. Así que les van mal las cosas a los sucedáneos de la verdad.


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