Parerga y paralipomena II
Parerga y paralipomena II Vivamos cuando vivamos, nos hallamos siempre con nuestra conciencia en el centro del tiempo, nunca en su punto final; y en ello podemos comprobar que cada uno lleva en sí mismo el inmóvil punto medio de todo el tiempo infinito. Eso es también en el fondo lo que le da la confianza que le permite vivir sin un continuo estremecimiento ante la muerte. Pero el que, en virtud de la fuerza de su recuerdo y su fantasía, es capaz de recordar con la mayor vivacidad el pasado remoto de su propia vida tiene más clara conciencia que los demás de la identidad del ahora en todo tiempo. Quizá incluso ese principio sea más correcto a la inversa. Mas, en todo caso, esa conciencia más clara de la identidad de todo ahora es un requisito esencial para la disposición filosófica. Mediante ella se concibe lo más fugaz, el ahora, como lo único que permanece. Quien de esa manera intuitiva se percata de que el presente, que es la única forma de toda realidad en el sentido más estricto, tiene su fuente en nosotros, es decir, que mana de dentro y no de fuera, ese no puede dudar del carácter indestructible de su propio ser. Antes bien, comprenderá que con su muerte sucumbe para él el mundo objetivo con el medio de su representación —el intelecto—, pero eso no afecta a su existencia: pues dentro había tanta realidad como fuera. Con plena inteligencia dirá: έγώ είμι παν το γεγονός, και ον και έσόμενον[284]. (Véase Stob. Florii. Tit. 44, 42; vol. 2, p. 201.)