Parerga y paralipomena II

Parerga y paralipomena II

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Al juzgar a un individuo humano deberíamos atenernos siempre al punto de vista de que su fundamento es algo que no debería ser, algo pecaminoso, pervertido, aquello que se concibió como pecado original, aquello por lo que él está a merced de la muerte; esa naturaleza radicalmente mala se caracteriza incluso por el hecho de que nadie soporta que se le observe atentamente. ¿Qué se puede esperar de un ser así? Si partimos de ahí, le juzgaremos con indulgencia, no nos sorprenderemos si los demonios que se esconden en él se despiertan y se asoman, y sabremos apreciar mejor lo bueno que aun así se haya presentado en él, sea a consecuencia del intelecto o de cualquier otra causa. — Pero, en segundo lugar, debemos tener en cuenta su situación y considerar que la vida es en esencia un estado de necesidad y a menudo de desolación, donde cada uno ha de luchar y combatir por su existencia, de modo que no siempre puede hacer gestos amables. — Si por el contrario el hombre fuera lo que pretenden hacer de él todas las religiones y filosofías optimistas —la obra o incluso la encarnación de un dios, en general un ser que en todos los sentidos debería ser, y ser como es—, ¡qué efecto tan distinto tendría que causar la primera vista, el conocimiento más cercano y el trato continuado de cada hombre con nosotros! —



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