Parerga y paralipomena II
Parerga y paralipomena II También los antiguos estaban lejos de considerar el asunto a aquella luz. Plinio (Histor: nat. lib. 28, c. 2; vol. IV, p. 351, ed. Bip.) dice: Vitam quidem non adeo expetendam censemus, ut quoquo modo trahenda sit. Quisquis es talis, aeque moriere, etiam cum obscoenus vixeris, aut nefandus. Quapropter hoc primum quisque in remediis animi sui habeat: ex omnibus bonis, quae homini tribuit natura, nullum melius esse tempestiva morte: idque in ea optimum, quod illam sibi quisque praestare poterit[314][315]. También él mismo dice (lib. 2, c. 5; vol. I, p. 125): ne Deum quidem posse omnia. Namque nec sibi potest mortem consciscere, si velit, quod homini dedit optimum in tantis vitae poenis[316]. En Massilia y en la isla de Keos el magistrado incluso ofrecía públicamente la cicuta a aquel que podía aducir razones sólidas para abandonar la vida (Val.[erio] Max.[imo, Factorum et dictorum memorabilium libri] 1. II, c. 6, 7 327 et 8)[317]. ¡Y cuántos héroes y sabios de la Antigüedad han termi nado su vida con una muerte voluntaria! Ciertamente, Aristóteles dice (Etb. Nicovn. V, 15) que el suicidio es una injusticia contra el Estado, aunque no contra la propia persona: no obstante, Stobeo, en su exposición de la ética de los peripatéticos, (Eel. eth. II, c. 7, vol. 3, p. 286) cita el siguiente principio: Φευκτόν δέ τόν βιον γίγνεσθαι τοΐς μεν άγαθοΐς έν ταΐς αγαν άτυχιαις· τοΐς δέ κακοΐς και έν ταΐς αγαν εύτυχιαις[318] {Vitam autem relinquendam esse bonis in nimiis quidem miseriis, pravis vero in nimium quoque secundis). Y de forma similar, en la p. 312: Διό καί γαμησειν, καί παιδοποιησεσθαι, καί πολιτεΰσεσθαι, etc. καί καθο'λου την αρετήν ασκούντα και μενειν εν τφ ριω, και παλιν ει οεοι, πότε δι’άναγκάς άπαλλαγησεσθαι, ταφής προνοησαντα[319], etc. (Ideoque et uxorem ducturum, et liberos procreaturum, et ad civitatem accesurum, etc., atque omnino virtutem colendo tum vitam servaturum, tum iterum, cogente necessitate, relicturum, etc.). También encontramos que los estoicos elogiaban el suicidio como una acción noble y heroica, lo cual se puede comprobar en cientos de pasajes, los más drásticos de los cuales son de Séneca. Es sabido que entre los hindúes el suicidio aparece a menudo como una acción religiosa, en particular en la forma de cremación de las viudas, de arrojarse bajo las ruedas del carro del dios en Jaggernaut, de ser pasto de los cocodrilos del Ganges o de los lagos sagrados del templo, etc. Lo mismo ocurre en el teatro, ese espejo de la vida: ahí vemos, por ejemplo, que en la famosa obra china L’orphelin de la Chine (trad. p. St. Julien, 1834), casi todos los personajes nobles terminan suicidándose sin que se sugiera en modo alguno o al espectador se le ocurra que cometan un crimen. De hecho, en nuestros propios escenarios las cosas no son en el fondo de otro modo: por ejemplo, Palmira en Mahoma; Mortimer en María Estuardo; Otelo; la condesa Terzky; y Sófocles: