Parerga y paralipomena II
Parerga y paralipomena II Demófeles. Bien: precisamente por eso quisiera que tú también entendieras la religión cum grano salis y tuvieras en cuenta que hay que tratar la necesidad del pueblo de acuerdo con la medida de su inteligencia. La religión es el único medio de proclamar y hacer sentir el alto significado de la vida al tosco sentido y torpe entendimiento de la masa, sumergida de lleno en ocupaciones inferiores y en el trabajo material. Pues el hombre, tal y como es por lo regular, no tiene sentido primariamente más que para la satisfacción de sus necesidades y placeres físicos, y después, para algo de entretenimiento y diversión. Los fundadores de las religiones y los filósofos vienen al mundo para despertarle de su letargo e indicarle el elevado sentido de la existencia: los filósofos, para los pocos, los que están exentos; los fundadores de religiones, para los muchos, la humanidad a gran escala. Pues φιλόσοφον πλήθος αδύνατον είναι[343], como ya dijo Platón y tú no deberías olvidar. La religión es la metafísica del pueblo, que ha de serle absolutamente permitida y por lo tanto hay que respetar externamente: pues desacreditarla significa quitársela. Así como existe una poesía popular y una sabiduría popular en los refranes, tiene que haber también una metafísica popular. Pues los hombres necesitan claramente una interpretación de la vida y esta ha de ser adecuada a su inteligencia. De ahí que la religión sea siempre un revestimiento alegórico de la verdad y tanto desde el punto de vista práctico como en el anímico, es decir, como pauta de conducta y como tranquilidad y consuelo en el sufrimiento y la muerte, les proporcione quizá tanto como podría ofrecerles la verdad si la poseyeran. No te escandalices de su forma crespa, barroca y aparentemente absurda: pues tú, en tu cultura y erudición, no eres capaz de imaginarte qué rodeos se necesitan para abordar con verdades profundas al pueblo en su rudeza. Las diferentes religiones no son justamente más que distintos esquemas en los que el pueblo asume y se representa la verdad, en sí misma incomprensible para él, y con los cuales esta queda inseparablemente unida. Por eso, querido mío, y no me lo tomes a mal, es al mismo tiempo mezquino e injusto burlarse de ellas.