Parerga y paralipomena II
Parerga y paralipomena II Filatetes. ¿Pero no es exactamente igual de mezquino e injusto pretender que no exista ninguna otra metafísica más que esa, cortada según la necesidad y la inteligencia del pueblo? ¿Que sus doctrinas deban ser el hito de la investigación humana y la pauta de todo pensamiento, de modo que también la metafísica de los pocos y exentos, como tú los llamas, tenga que terminar siendo confirmada, consolidada e ilustrada por aquella metafísica del pueblo? ¿Que las fuerzas supremas del espíritu humano deban quedar así sin uso ni desarrollo, e incluso ser asfixiadas en su germen, no vaya a ser que su actividad se cruce con aquella metafísica del pueblo? ¿Y ocurre en el fondo otra cosa con las pretensiones de la religión? ¿Le conviene predicar tolerancia y hasta tierna indulgencia a quien es la intolerancia y la falta de indulgencia mismas? ¡Pongo por testigos los santos oficios y las inquisiciones, las guerras de religión y las cruzadas, el vaso de Sócrates y las hogueras de Bruno y Vanini! Hoy en día eso ha pasado; ¿qué puede oponerse más al auténtico afán filosófico, a la franca investigación de la verdad, a esa, la más noble vocación de la más noble humanidad, que aquella metafísica convencional enfeudada en monopolio por el Estado, cuyos principios son inculcados a cada mente en la más temprana juventud con tanto rigor, profundidad y firmeza que quedan ligados indisolublemente a ella a no ser que sea de una milagrosa elasticidad; con lo que su sana razón se trastoca de una vez por todas, es decir, su débil capacidad de pensar por sí misma y de juzgar imparcialmente con respecto a todo lo relacionado con el tema, queda paralizada y echada a perder para siempre?