Parerga y paralipomena II

Parerga y paralipomena II

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Para juzgar con justicia sobre él, hay que considerar lo que había antes y él eliminó. Ante todo, el paganismo greco-romano: tomado como metafísica del pueblo, un fenómeno sumamente insignificante, sin una verdadera dogmática definida, sin una ética claramente formulada, e incluso sin una verdadera tendencia moral ni sagradas escrituras; de modo que apenas merece el nombre de religión, sino que es más bien un simple juego de la fantasía y una chapucería de los poetas formada a partir de cuentos populares, y en su mejor parte una evidente personificación de los poderes naturales. Apenas podemos imaginar que los hombres adultos se hayan tomado jamás en serio esa pueril religión: sin embargo, eso atestiguan algunos pasajes de los antiguos, sobre todo el primer libro de Valerio Máximo, pero también incluso algunos pasajes de Herodoto, de los que solo quiero mencionar el del último libro, capítulo sesenta y cinco, donde él expresa su propia opinión y habla como una vieja. En los tiempos posteriores, y con el avance de la filosofía, esa seriedad desapareció, con lo que al cristianismo se le hizo posible desbancar a aquella religión estatal a pesar de sus apoyos externos. No obstante, que ni siquiera en la mejor época griega aquella religión fue tomada con la misma seriedad con que lo ha sido la cristiana en la época moderna, o en Asia la budista y brahmanista, o también la mahometana; que, por ende, el politeísmo de los antiguos ha sido algo totalmente distinto del simple plural del monoteísmo: todo ello, digo, lo prueba suficientemente Las ranas de Aristófanes, donde Dionisos aparece como el fatuo y pusilánime más miserable que se pueda imaginar, y está a merced de la burla: y eso se representaba públicamente en su propia fiesta, las dionisias. — Lo segundo que el cristianismo tuvo que desbancar fue el judaismo, cuyo tosco dogma fue sublimado y calladamente alegorizado por el dogma cristiano. En general el cristianismo es de naturaleza alegórica: pues lo que en las cosas profanas se denomina alegoría en las religiones se llama misterio. Hay que admitir que el cristianismo es muy superior a aquellas dos religiones anteriores, no solo en la moral, donde las doctrinas de la caritas, la conciliación, el amor a los enemigos, la resignación y la negación de la propia voluntad son suyas en exclusiva —se entiende, en Occidente—, sino incluso en la dogmática. ¿Qué mejor cosa se le puede dar a la gran masa, incapaz de captar inmediatamente la verdad, más que una bella alegoría que le baste plenamente como guía para la vida práctica y como ancla de consuelo y esperanza? Pero una mezcla de absurdidad es en ella un ingrediente necesario, ya que sirve para indicar su naturaleza alegórica. Si entendemos la dogmática cristiana sensu proprio, entonces Voltaire tiene razón. En cambio, tomada alegóricamente constituye un mito sagrado, un vehículo por medio del cual se le enseñan al pueblo verdades que en otro caso le serían absolutamente inalcanzables. Se la podría comparar con los arabescos de Rafael, o también con los de Runge, que representan lo que es manifiestamente antinatural e imposible, pero desde los que habla un profundo sentido. Incluso la afirmación de la Iglesia de que en los dogmas de la religión la razón es totalmente incompetente, ciega y reprobable quiere decir en el fondo esto: que esos dogmas son de naturaleza alegórica y, por lo tanto, no se pueden juzgar según la medida aplicable únicamente por la razón, que todo lo toma sensu proprio. Los absurdos en el dogma son justamente el sello y distintivo de lo alegórico y lo mítico; si bien en el presente caso se deben a que había que compaginar dos doctrinas tan heterogéneas como la del Antiguo Testamento y la del Nuevo. Aquella gran alegoría se llevó a cabo poco a poco con ocasión de circunstancias extrínsecas y casuales, mediante la interpretación de las mismas y bajo la silenciosa marcha de una profunda verdad que no se había hecho claramente consciente, hasta que fue completada por Agustín, que penetró en lo más hondo de su sentido, después la concibió como una totalidad sistemática y fue capaz de completar lo que faltaba. En consecuencia, la doctrina agustiniana, reforzada también por Lutero, es el cristianismo completado, y no el cristianismo original, como opinan los protestantes actuales, que toman el término «revelación» sensu proprio y lo limitan así a un solo individuo; — del mismo modo, lo comestible no es la semilla, sino el fruto. — No obstante, el punto negro de todas las religiones sigue siendo siempre que no pueden ser alegóricas de forma reconocida sino solo encubierta, y por ello han de exponer sus teorías con toda seriedad, como verdaderas sensu proprio; lo cual, con los absurdos necesarios que hay esencialmente en ellas, da lugar a un engaño continuado y es un gran inconveniente. E incluso, lo que es peor, con el tiempo se pone en evidencia que no son verdaderas sensu proprio: entonces se hunden. En esa medida, sería mejor confesar inmediatamente su naturaleza alegórica. ¿Pero cómo se habría de alegar al pueblo que algo puede ser al mismo tiempo verdadero y falso? Dado que encontramos que todas las religiones son más o menos de esa índole, hemos de reconocer que lo absurdo es en un cierto grado adecuado al género humano, que es incluso un elemento de su vida, y que el engaño le resulta indispensable; — así lo confirman también otros fenómenos.


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