Parerga y paralipomena II

Parerga y paralipomena II

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Un ejemplo y una prueba de la mencionada fuente de absurdos que nace de combinar el Antiguo y el Nuevo Testamento nos los ofrece, entre otros, la doctrina de la predestinación y la gracia formulada por Agustín, esa estrella guía de Lutero; según ella, un hombre aventaja a otro en la gracia, que viene a ser un privilegio recibido en el nacimiento y traído ya al mundo, y, por cierto, en el más importante de todos los asuntos. Pero el carácter escandaloso y absurdo de eso nace únicamente del supuesto del Antiguo Testamento según el cual el hombre es obra de una voluntad ajena y ha sido creado por ella de la nada. En cambio, y con relación al hecho de que los auténticos méritos morales son realmente innatos, la cuestión recibe ya un significado diferente y más racional bajo el supuesto brahmanista y budista de la metempsicosis, según el cual lo que uno lleva consigo al nacer, es decir, desde otro mundo y una vida anterior, y en lo que aventaja a los demás, no es un regalo recibido de otro sino los frutos de sus propios actos realizados en aquel otro mundo. — Con aquel dogma de Agustín se vincula también este: que de la depravada masa del género humano entregada a la condenación eterna solo se hallarán justificados y por lo tanto se salvarán unos pocos, y ello como consecuencia de la elección de la gracia y la predestinación; a los demás les alcanzará la merecida perdición, es decir, el eterno tormento del infierno[378]. — Tomado sensu proprio, el dogma resulta indignante. Pues no solo permite que, en virtud de sus condenas eternas al infierno, los deslices o incluso la incredulidad de una vida de apenas veinte años se expíen con infinitos tormentos; sino que a eso se añade que esa condenación casi universal es en realidad efecto del pecado original y, por lo tanto, consecuencia necesaria de la primera caída. Mas eso en todo caso tendría que haberlo previsto el que, en primer lugar, no creó a los hombres mejores de lo que son, y luego, los colocó en una trampa en la que habría de saber que caerían, ya que todo era obra suya y nada le quedaba oculto. Por consiguiente, desde la nada había llamado a la existencia a un género débil y sujeto al pecado, para después entregarlo a un interminable tormento. Por último, se añade que el Dios que prescribe indulgencia y perdón de todos los pecados, y hasta el amor a los enemigos, no los ejercita sino que más bien incurre en lo contrario; porque un castigo que sobreviene al final de las cosas, cuando todo se ha acabado y ha llegado para siempre a su término, no puede tener como fin ni la mejora ni la disuasión, así que es una simple venganza. Pero, vistas así las cosas, parece incluso que de hecho todo el género humano ha sido destinado directamente al tormento y condenación eternos, y creado expresamente para ellos, — salvo unas pocas excepciones que gracias a la predestinación, no se sabe por qué, se salvarán. Mas, dejando eso aparte, es como si Dios hubiera creado el mundo para que se lo llevara el diablo; así que mejor habría hecho en no crearlo. — Eso es lo que ocurre con los dogmas cuando se los toma sensu proprio; en cambio, entendidos sensu alegórico, todo eso es susceptible de una interpretación satisfactoria. Pero, como se ha dicho, lo absurdo y hasta indignante de esa doctrina es ante todo una mera consecuencia del teísmo judío con su creación de la nada y la consiguiente negación, realmente paradójica y escandalosa, de la doctrina de la metempsicosis; una doctrina esta que es natural, en cierta manera evidente por sí misma, y por ello aceptada en todos los tiempos casi por la totalidad del género humano, con excepción de los judíos. Precisamente para eliminar el colosal inconveniente que de ahí surge y mitigar lo indignante del dogma, en el siglo VI el papa Gregorio I, muy sabiamente, desarrolló e incorporó formalmente a las creencias de la Iglesia la doctrina del Purgatorio, que en esencia se encuentra ya en Orígenes (véase Bayle en el artículo Origene, note B); con ello se suaviza mucho el asunto y se sustituye en alguna medida la metempsicosis; porque tanto una cosa como la otra ofrecen un proceso de purificación. Con la misma intención se estableció también la doctrina de la restauración de todas las cosas (άποκατάστασις πάντων), con la que, en el último acto de la comedia del mundo, son restituidos incluso los pecadores sin excepción, in integrum. — Los protestantes, con su rígida creencia en la Biblia, son los únicos que no se han desviado de las eternas penas del infierno. ¡Que aproveche!, podría decir alguien malicioso: el único consuelo aquí es que tampoco ellos creían en eso, sino que de vez en cuando dejaban correr el asunto pensando para sí: bueno, no será para tanto.


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