Parerga y paralipomena II

Parerga y paralipomena II

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Como consecuencia de su mente inflexible y sistemática, con su estricta dogmatización del cristianismo y su fija definición de lo que en la Biblia estaba meramente insinuado y apoyado en la oscura base de doctrinas oscilantes, Agustín dio a estas unos contornos tan nítidos y a aquel un desarrollo tan rígido que hoy en día nos resulta escandaloso; y precisamente por eso, al igual que hizo en su propio tiempo el pelagianismo, en el nuestro se le ha enfrentado el racionalismo. Por ejemplo, en De civit. Dei, lib. 12, c. 21, el asunto, tomado in abstracto, viene a ser así: un Dios crea un ser de la nada, le impone prohibiciones y órdenes, y, dado que estas no son obedecidas, lo atormenta por toda la eternidad con todos los suplicios imaginables, a cuyo efecto une inseparablemente el cuerpo y el alma [De civit. Dei, lib. 13, c. 2; c. 11 in fine y 24 in fine) para que de ninguna manera pueda extinguirse el tormento de ese ser a causa de la descomposición y salga de él, sino que viva eternamente en eterno suplicio: ese pobre diablo surgido de la nada, que al menos tiene derecho a su nada original; una retraite[379] esta que en ningún caso puede ser un gran mal y que le debería estar asegurada por derecho como su propiedad heredada. Yo, por lo menos, no puedo sino simpatizar con él. — Pero si añadimos aún las restantes doctrinas de Agustín —que todo eso en realidad no depende de su conducta sino que está decidido de antemano por la predestinación—, entonces uno ya no sabe qué decir. Por supuesto, nuestros ilustrados racionalistas dicen entonces: «Pero todo eso no es verdad, es un mero espantajo; antes bien, iremos elevándonos de grado en grado, en un continuo progreso, hasta una perfección cada vez mayor». — Pero es una pena que no hayamos empezado antes: pues entonces estaríamos ya ahí. Mas nuestra perplejidad ante tales afirmaciones aumenta cuando entretanto oímos la voz de un hereje maligno e incluso quemado en la hoguera: Ju. Caes. Vaninus: Si nollet Deus pessimas ac nefarias in orbe vigere actiones, procul dubio uno nutu extra mundi limites omnia flagitia exterminaret profligaretque: quis enim nostrum divinae potest resistere voluntati? quomodo invito Deo patrantur scelera, si in actu quoque peccandi scelestis vires subministrat? Ad haec, si contra Dei voluntatem homo labitur, Deus erit inferior homine, qui ei adversatur, et praevalet. Hinc deducunt, Deus ita desiderat hunc mundum qualis est, si meliorem vellet, meliorem haberet[380] (Amphith. exercit. 16, p. 104). Antes, en la página 103, había dicho: Si Deus vult peccata, igitur facit: si non vult, tamen committuntur; erit ergo dicendus improvidus, vel impotens, vel crudelis, cum voti sui compos fieri aut nesciat, aut nequeat, aut negligat[381]. Aquí se esclarece al mismo tiempo por qué hasta el día de hoy se ha mantenido el dogma de la voluntad libre mordicus[382]; si bien desde Hobbes hasta mí todos los pensadores serios y honestos la han rechazado como absurda, según se puede ver en mi escrito premiado Sobre la libertad de la voluntad. — Por supuesto, era más fácil quemar a Vanini que refutarle; de ahí que se prefiriera hacer lo primero, después de haberle cortado la lengua. Lo segundo sigue abierto a cualquiera: que lo intenten, pero no con hueca palabrería sino en serio, con pensamientos. —


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