Parerga y paralipomena II

Parerga y paralipomena II

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Otro defecto fundamental del cristianismo que se puede mencionar pero no explicar en esta ocasión, y que manifiesta a diario sus perniciosas consecuencias, es que ha separado de forma antinatural al hombre del mundo animal, al que pertenece en esencia, y solo quiere admitirlo a él, considerando los animales directamente como cosas; — mientras que el brahmanismo y el budismo, fieles a la verdad, reconocen claramente la manifiesta afinidad del hombre con toda la naturaleza en general, pero ante todo y sobre todo con la animal, y lo presentan siempre en estrecha conexión con el mundo animal a través de la metempsicosis y de otros medios. El relevante papel que desempeñan los animales en el brahmanismo y el budismo, comparado con la total nulidad que tiene en el judeo-cristianismo, condena a este último por lo que respecta a su perfección, por muy acostumbrados que estemos en Europa a tal absurdo. Vemos que para disimular aquel defecto fundamental, aunque en realidad agrandándolo, se ha utilizado el ardid tan miserable como desvergonzado que ya censuré en mi ética, p. 244 [2.a ed., p. 239]: el de designar todas las funciones naturales que los animales tienen en común con nosotros y que atestiguan la identidad de nuestra naturaleza con la suya —como comer, beber, embarazo, nacimiento, muerte, cadáver, etc.— con palabras totalmente diferentes de las que se emplean con los hombres. Esa es realmente una infame artimaña. Pero el mencionado defecto fundamental es una consecuencia de la creación de la nada, según la cual el Creador —capítulos 1 y 9 del Génesis— hizo entrega al hombre de todos los animales igual que si fueran cosas y sin recomendarle que los tratara bien, como hasta un vendedor de perros dice casi siempre cuando se separa de su pupilo; y se los entregó para que dominara sobre ellos, es decir, para que hiciera con ellos lo que quisiera; y luego, en el segundo capítulo, le designa como el primer profesor de Zoología, al encargarle que les dé el nombre que han de llevar en adelante; eso es de nuevo un símbolo de que dependen por completo de él, es decir, que carecen de derechos. — ¡Sagrada Ganga[383]! ¡Madre de nuestro género! ¡Semejantes historias me hacen el mismo efecto que el betún de Judea y el foetor judaicas[384]! La visión judaica considera que el animal es un producto fabricado para uso del hombre. Pero, por desgracia, las consecuencias de ello se hacen sentir hasta el día de hoy, ya que se han trasladado al cristianismo, al que por esa razón deberíamos dejar de elogiar diciendo que su moral es la más perfecta de todas. Esa moral tiene verdaderamente una grande y esencial imperfección: que limita sus preceptos a los hombres y deja el mundo animal sin derechos. De ahí que la policía tenga que sustituir a la religión en su defensa frente a la masa ruda e insensible, y a veces más que bestial; y, dado que eso no basta, hoy en día se fundan, sobre todo en Europa y América, sociedades protectoras de animales que, en cambio, serían la cosa más superflua del mundo en toda el Asia incircuncisa, donde la religión protege suficientemente a los animales e incluso los convierte en objeto de beneficencia positiva; sus frutos los tenemos ante nosotros: por ejemplo, en el gran hospital de animales de Surate, al que también los cristianos, mahometanos y judíos pueden enviar sus animales enfermos, si bien no los recuperan después de curados, y con buen acierto; también cuando, en cualquier golpe de fortuna personal o desenlace favorable, el brahmanista o el budista no berrean un Te Denm sino que van al mercado y compran aves para abrirles la jaula ante las puertas de la ciudad —así tenemos ocasión frecuente de observarlo en Astrakán, donde coinciden fieles de todas las religiones— y también en cien cosas semejantes. Por el contrario, véase la atroz perfidia con la que nuestros pueblos cristianos actúan con los animales, como los matan, mutilan o atormentan sin finalidad alguna y entre risas, e incluso a aquellos que son su sostén inmediato, sus caballos, cuando se hacen viejos los fatigan al extremo para explotar hasta el final la médula de sus pobres huesos, hasta que sucumben bajo sus latigazos. Verdaderamente, podríamos decir: los hombres son los demonios de la Tierra, y los animales, las almas atormentadas. Esas son las consecuencias de aquellas escenas de instalación en el jardín del Paraíso.


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